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homenaje a la boina tomellosera,

viernes, 13 de abril de 2007

Hoy, que empieza un como siempre corto fin de semana, me ha dado por ejercer un poco de “filósofo de cocinilla”, y me ha dado por pensar en lo que las pequeñas cosas aparentemente intrascendentes, influyen en la vida de las personas. Y en mi caso a modo de ejemplo, la tarjeta Visa. Es cierto, yo tengo visa casi desde que existe en este país, cuando ni siquiera ni la empresa para la que trabajo, el entonces Banco Central a secas, la tenía para sus clientes, ni ninguna otra entidad salvo el B. Bilbao, también a secas, que tuvo a bien el concedérmela con un límite de crédito de 25.000 de las extintas pesetas del año 1982. Desde entonces las tarjetas han sido para mí como otro elemento más de mi equipamiento cotidiano.

Pero a lo que íbamos, no se trataba del crédito en sí mismo, palabra importante en la vida de casi todo el mundo, yo en aquella época conocía de años y de primera mano su significado, sus consecuencias y sobre todo la de posibilidades que se te abren si tienes acceso a él. Pero en este caso se trataba de “la tarjeta”. Como casi siempre, en esos años me costaba llegar a “mediados” de mes e iba siempre por delante de mi tiempo en lo referido a “la pela”, y a lo mejor en alguna otra cosa también pero ahora no me acuerdo. De lo que si me acuerdo es que empezaba el verano, y yo las vacaciones las cogía en “entretiempo” por cuestiones de antigüedad en la empresa. Llevaba viviendo con mi primera pareja (acordaros del ratoncillo), y la pasión del “a todas horas” decaía a lo que el intenso calor ambiental también contribuía, y me daba ciertos remordimientos el dejar pasar todo el tiempo libre del que disponía por las tardes oyendo música o dándole literalmente a la cabeza.

Lo de darle a la cabeza es una costumbre adquirida a la edad de seis meses, tumbado en la cama de un lado al otro de una forma continuada, con eso conseguía dormirme según me cuentan mis progenitores, ahora me sirve para pensar, soñar, o simplemente relajarme. Podría tirarme horas, de hecho recuerdo de alguna de mis estancias en los hospitales cuando me he tirado tumbado en cama con escayolas, se me pasaba el tiempo volando, el inconveniente y no para mí, era que las personas que había a mi alrededor o se daban la vuelta (enfermos) o directamente se salían (familiares) para no marearse.

Volvemos a la historia de la Visa, como decía andaba yo con mis remordimientos vitales al caer una de esas tardes meseteñas dónde el sol permanece largas horas en el asfalto tras el ocaso, cuando paseando me fijé en una galería de arte recién abierta. Me llamó la atención que anunciaban una exposición de Miró, aunque no era ese el objeto principal de mi curiosidad, fue más como un impulso de esos que hay en la vida en que lo ves claro. Así que pasé, me compré dos libritos: “Así se pinta al óleo” y “Así se dibuja al carboncillo” del mismo autor J.M. Parramón, así como todo el material necesario, pinturas, lienzos, caballete, aceites, pinceles de todos los tamaños y calidades, carboncillos, en fin de todo lo que me quiso vender el dueño; Lo recuerdo como una especie de orgía consumista para pobres, de las que he tenido varias, que yo pagué como estáis adivinando con la Visa, que fue el factor determinante ya que de no haber visto la pegatina de la misma en la puerta, me hubiera reprimido el impulso y se hubiera acabado perdiendo.

El caso es que ya fuera por el impulso o por las diez mil pesetas que me gasté decidí que a partir de ese momento mi vida cambiaría radicalmente, me haría artista. Yo ya tenía una serie de amigos que pintaban y muy bien, incluso algunos vendían, Andrés Cobo, Pepe Carretero, Andrés Moya llegaron más lejos, Manuel Buendía o Jesús Huertas no se lo tomaron tan a pecho. El caso es que yo también quería ser pintor y estaba decidido. Estudiaba los libros y realizaba lo que en ellos ponía intentando aplacar mi impaciencia por abordar un lienzo “en serio”, hacía pruebas en cuartillas o tablas y no estaba descontento del todo con lo que me salía.

Después de una semana pinté mi primer lienzo, una perspectiva de la carretera que veía desde una ventana del piso, eso sí sencillita y sin los camiones y los coches que a diario la atestaban. Mi pareja, que me idolatraba, no me valía como crítica, aunque al resto de amiguetes también parecía gustarles. He puesto en el blog fotos del segundo y tercer cuadros, “La Bailarina” de 1983 y “Mi vecina”. A partir de ahí me dio “de recio” y no había otra cosa que pintar y perfeccionar mi arte. Cuando al poco tiempo me vine a Tomelloso me apunté en la Escuela de Artes recién abierta, precisamente ese año inauguró el curso D. Antonio López Torres, y en la que el profesorado en especial “Kirico” me animaron a seguir, ofreciéndome consejos y amistad. En cualquier caso en la escuela duré un trimestre, porque como soy tan “bacín” que, para los ajenos, quiere decir que me ha gustado meterme en todos los “fregaos” fueran conmigo o no, me presenté/me presentaron para el “Consejo Escolar” como delegado de curso y entre eso y que además había asignaturas como matemáticas, historia, geografía, ética, etc, no estando en mis planes refrescar mis conocimientos en esas materias y que además me examinaran por ello, decidí reforzar mi futura leyenda de pintor autodidacta.

Existía un clima muy propicio para las artes y la cultura en aquellos tiempos, en los que éramos una especie de esponjas que acudíamos a todos los eventos e íbamos a todas las exposiciones, y te gustaran o no había que decir que sí. Aunque yo desde que unos cinco o seis años antes fui a ver la película “Gritos y Susurros” de Ingmar Bergman, película a la que asistimos los amigos con unas expectativas del copón y de la que salimos, yo aburrido, decepcionado y sobre todo confuso sobre lo que tendría que opinar en público al salir, he tardado mucho en asumir en público mi criterio sin complejos. Algunos decían cosas como que “esta película hay que verla varias veces para entenderla”, a lo mejor por eso no la entiendo todavía, o a lo mejor era/soy tonto, ¡vaya usted a saber!.

También solíamos organizar excursiones a la feria de arte “ARCO”, que para mi resultó como un bálsamo, pues comprobar cómo un lienzo de tela de tres metros cuadrados pintados con un gris uniforme, o marrón igualmente uniforme por todo el lienzo y sin más colores, figuras o siquiera un pegote o una cagada de mosca pegado encima, se pudieran vender por cuatrocientas mil pesetas cada uno, era para quitarle los complejos a cualquiera. Aunque motivador también era el trato que se percibía en la gente, más y más con las chicas, cuando alguien te presentaba como pintor, hasta te lo creías y todo.

Estas cosas y el disponer de un espacio bastante amplio para poder pintar me animaron a ampliar el formato de mis cuadros, así que compraba los lienzos más grandes que me podían proporcionar en la “droguería” y que medían dos metros, por uno y medio; la temática era variada, alternando paisajes, abstracciones, figuras, signos, monstruos, lo que se me ocurriera, ya fuera “sobrio”, “fumado”, “tripioso”, o como se terciara, pero siempre grandes.

Como para ser pintor de forma oficial hay que hacer una exposición individual, y enseñarlos en el patio de mi casa no era precisamente a lo que me refiero, decidí que haría no una exposición, sino una “gran exposición”, porque en mis delirios oníricos me veía como un gran pintor, reconocido y admirado por el “mundo mundial”, y con un añadido colateral “harto de ligar”, luego fue que no, aunque este dato es irrelevante.

El caso es que decidido a realizar la Gran Exposición, lo primero que tenía que tener eran los cuadros, que ya estaban, lo segundo un catálogo decente. Y para este paso como no podía ser de otra manera, un reportaje fotográfico profesional, ¡una pasta!. Una vez conseguido el catálogo decidí que el mejor sitio para este evento tendría que ser el flamante y de reciente inauguración, Museo López Torres, cuyos permisos debía conseguir de la autoridad competente, el Ayuntamiento, a cuyo gobierno tenía unos meses antes como alcalde a mi padre. Supongo que eso era un hándicap por detalles que cuando venga a cuento contaré en esta retahíla también llamada blog. Me entrevisté con el concejal de cultura responsable a quién le entregué el catálogo para su examen. Unos días después me volví a encontrar con él quién tras alabar mi obra me comunicó la buena noticia de que podría hacer la exposición, pero no en el museo sino en la casa de la cultura. Motivos, falta de currículo. Ni que decir tiene que para aquél “Picasso” en ciernes eso no eran motivos sino excusas, y no estaba dispuesto a exponer en una segunda planta sin escaleras, tan triste y poco singular.

No solo esto no fue un obstáculo sino que me llenó de determinación, mi orgullo fue el verdadero motor a partir de entonces, y si en “mi pueblo” no tenía el apoyo que yo decidí que tenía que recibir, haría que con el tiempo fueran ellos los que me buscaran, con lo que me agarré el periódico ese mismo día y diseñé una ruta de galerías de arte de Madrid, todas en el barrio de Salamanca, y una semana después estaba pateándome la calle Jorge Juan y alrededores y entrando a pecho descubierto con mi álbum de fotos, como un “aquí estoy yo porque yo lo valgo”. Galerías como Juana de Aizpuru, Fúcares, Aele, Helga de Alvear, y otras cuantas que no recuerdo sus nombres; en algunas se tomaban la molestia de ver las fotografías, e incluso de darme ánimos, en otras pasaban directamente, o no estaba el jefe. Me vine para mi casa replanteándome la situación, pero sin rendirme. Unos días más tarde, creo recordar que mi amigo Josevi me proporcionó un recorte de periódico con un anuncio de una galería de arte que buscaba artistas. No me lo podía creer, me pedí un día y me fui a Madrid y pese a que tuve un accidente con el coche a la entrada de Madrid que encareció de manera importante el presupuesto de la exposición, conseguí llegar a la Galería “Torres Begué” en tiempo a la entrevista con la “galerista”, señorona con mas aires de madame que de galerista.

Como yo tampoco tenía demasiadas opciones, solo esta para ser claros, no me importaron demasiado las condiciones, ochenta mil pesetas fijas, mas veinte mil del cóctel, mas el treinta por ciento de las ventas, a lo que tendría que sumar otras doscientas mil de marcos, y otras cien mil del camión de mudanzas que tuvo que trasportar mis grandes obras, sin contar ropa para la inauguración, copas con los amigos,…

Una vez formalizado el contrato lo que quedaba era anunciar al mundo el nacimiento de un gran valor de la pintura que tendría que ser yo, así que me puse en la tarea, me hice un mailing con varios tipos de carta invitación, dependiendo de a quién fueran dirigidas, a embajadas, periodistas, famosos, amigos o familiares, mientras que autoridades como a Felipe González, el Rey, José Bono o al presidente de mi empresa Alfonso Escámez les escribí personalmente, e incluso hablé por teléfono con el mismísimo D. Antonio López García, insigne y querido paisano, quién me llegó a decir que me haría alguna recomendación cuando se pasara por la galería. Por lo que entre esta promesa y la del Sr., Escámez que aún conservo anunciándome su visita, me tiré los quince días de la exposición mañana y tarde, esperando que entraran por la puerta en cualquier momento. También fue que no.

Para acompañar las invitaciones edité de imprenta (otros diez mil duros) un díptico con la “Bailarina” de portada y una bonita presentación firmada por un tal Ralph Keynes, al que supuestamente conocí en Linares, en uno de sus muchos viajes por el mundo

Lo mejor de todo, y a modo de conclusión de esta entrega, que el día de la inauguración, y pese a que el cóctel que preparaba la galería era un mierda que tuve que arreglar sobre la marcha comprando de mi bolsillo unas botellas de Jhonnie Walker, asistió un montón de gente entre familia, amigos míos y de mis padres, compañeros de mi novia de entonces y un par de amigas de la “galerista” avisadas por esta en cuanto cambiamos la bebida, cerrando esa misma tarde la venta de dos óleos y dos acuarelas de mediano formato (100 por 70 cms) por un total de cuatrocientas mil pesetas. Me sentí un auténtico pintor recibiendo encantadoras críticas y alabanzas, aunque la que con más cariño recuerdo es la de D. Eladio Cabañero, que refiriéndose a una cartulina de 100 por 70 que realicé poco menos que en "éxtasis" de alcohol y alguna que otra sustancia, se refería a ella como una especie de poesía plástica y otros adjetivos por el estilo. Por supuesto no le confesé, por pudor, en que estado tan sublime realicé mi obra. Cuando todo se acabó nos dirigimos a los coches, y cual sería mi estado durante esa tarde, que me había dejado el coche aparcado, cerrado, con las llaves puestas y en marcha, en plena calle Odonell y durante mas de tres horas.

Ya está bien por hoy que me pongo "mu cansino".

1 comentario:

Anónimo dijo...

Esta ha sido la inspiración que te ha llegado para seguir con otro relato de tu movidita vida a raíz de tu reencuentro nocturno la otra noche con tu compi pintor en esta llanura manchega a la altura de Almagro... verdad? Esta manera de escribir me ha recordado un capítulo de un libro que leí hace poco (me refiero al estilo). Cuando me acuerde de cuál, te lo pongo, que ahora estoy de lo mío y por más que quiero, no me acuerdo.Como siempre, yo tan pudorosa, te hago un comentario en el capítulo más recatado de todos los que llevas, como no podía ser menos. Bg.

video clip de Bruce


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musiquita de los 60, recordada en el 90


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concierto de Gato Pérez unos meses antes del infarto


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documental de Tomelloso en 1948 1ª parte


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documental de Tomelloso 1948 2ª parte


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Ya semos europeos


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