Para variar, hoy voy a regresar a mis orígenes en el blog, cuando contaba recuerdos de los que te hacen sonreír al menos. Y es que estaba viendo la tele cuando en no sé qué contexto sale un chaval afirmando que todos y todas hemos cometido algún delito en algún momento de nuestra vida. Importante reflexión con la que he expresado mi total acuerdo.
Empezando por los trapicheos del IVA que cuando tenemos oportunidad nos escaqueamos, y no hablo de los grandes “piratas” del ladrillo, solo hablo del currito consumidor neto en sus relaciones con el pintor, el fontanero, en el taller, etc. Seguimos con que alguna vez muchos/as de nosotros/as habremos conducido algo o muy “cocidos”, y en este repaso a mis posibles y probables delitos, de carácter general, pero delitos al fin y al cabo, me ha venido a la memoria el delito de “mangar”.
Y no voy a decir aquello de: “quién no ha mangado alguna vez en unos grandes almacenes” porque seguro que hay gente que no lo ha hecho. En cualquier caso mi primer recuerdo sobre el tema se remonta a mi tierna edad de seis años. Acompañaba a mi madre en los famosos por aquel entonces “Almacenes Sepu”, que el mismo nombre denota lo poco que se sabía entonces sobre las marcas, lo mismo el dueño se llamaba Serrano Puñetas, y ya tenemos marca, para qué más complicaciones. El caso es que me vienen recuerdos de los anuncios de Sepu en radio Intercontinental, nombre pretencioso dónde los haya, que bien mirado si se oía en Ceuta y Melilla, ya eran dos continentes. ¡Va a ser eso!.
Bueno que me enrollo, el caso es que iba con mi madre, cuando la veo coger una figurita de un elefante de mármol o algo parecido y echársela al bolso, y yo ser consciente de que eso era malo, no sé si porque ya iba advertido, o por qué razón, en cualquier caso solo recuerdo el acto y la figurita, y luego comentar con cierto nerviosismo en la salida el hecho y mi madre decirme que eso no se debía de hacer. Seguro que se lo recuerdo hoy y me lo niega, pero conservo algunas secuencias de imágenes en mi memoria bastante claras al respecto.
Entonces el ir a unos grandes almacenes, cosa que normalmente se hacía cuando nos desplazábamos a Madrid, casi siempre de médicos, y peripuestos con la ropa de los domingos, era como un ritual que se llevaba cabo antes o después del objeto principal del viaje. Nos metíamos en el metro en Atocha hasta Sol. Ese metro rojo sucio, lleno de aristas, atestado de gente entre indolente, equilibrista (el que no iba sentado), y sobre todo deshumanizada a la hora de entrar o salir del vagón, recuerdo la sensación de peligro al entrar o salir, pensar en la posibilidad de quedarte a medias de salir y que se cerraran la puertas, o meter el pié entre coche y andén, que te advertían en carteles pintarrajeados por todas partes, solo de pensarlo me invadía un temor a morir desmembrado entre las ruedas, o también cuando estabas esperando a que viniera, el pensamiento de una posible caída a la vía era estremecedor.
Ahora que lo pienso mis sensaciones en aquellos Metros merecerían por sí mismos una entrada en esta retahíla. Por lo que retomo el relato en la salida de la estación de Sol, esquina Preciados. Se tomaba un café con churros en cualquier cafetería de la zona, subíamos por la calle de Preciados y primero pasábamos al Corte Inglés y luego a Galerías Preciados, que quedaba al lado. Se recorrían todas las plantas que se subían una a una por las escaleras metálicas, otro invento del diablo que si te descuidabas podías acabar despachurrado dentro de su mecanismo de engranajes y cuchillas que debía haber por bajo los escalones, otra aventura, Lo que mayormente se hacía era mirar y mirar y pasar envidia. Paletismo sano en estado puro. También se compraba algo, normalmente ropa, mudas, y a poder ser en rebajas, o en la sección de oportunidades.
Pasaron algunos años, once exactamente, cuando aprovechando que mi hermana se había ido a trabajar a Madrid, y vivía (en secreto) con su novio en un apartamento, cogí unas tres mil pesetas que tenía ahorradas y me fui a pasar unos días. En Madrid llevaba viviendo unos cuatro años mi buen amigo de entonces “El Jaro” al que conocía desde la cuna, tenía una “Puch”, lo más inmediato superior a una “Mobylette” que era la que yo tenía y la que más se veía en el pueblo, aunque empezaban a despuntar los Vespinos, pero la “Puch” era lo más entre los pobres, porque los ricos gastaban las Montesas y las Bultaco Metralla, y las ponían “en caballito” delante de las muchachas, que lo de chicas es un término más moderno. Muchachas que por otro lado en estas tonterías eran como las chicas de ahora, (los muchachos éramos más cipotes, a lo mejor, que los chicos de hoy, y es que pasábamos más “gana”), lo único que ha cambiado en ese aspecto es la potencia y la calidad de las “máquinas” que ya no son exclusivas de los ricos gracias a la popularización del crédito todo hay que decirlo.
El tema es que mi amigo el Jaro se había ofrecido a ser mi “cicerone” por las calles de Madrid a los lomos de su Puch. Cuanto miedo me hizo pasar el muy cabrón esquivando ”seiscientos”, “mil quinientos” aquellos taxis negros con la banda roja y los asientos de plástico resobados y con las “mallas” en la trasera de los asientos delanteros para guardar las revistas o lo que se terciase, que también llevaban los autocares. El plan de visitas empezaba por la mañana en el Corte Inglés para mangar, comer un bocata de calamares en cualquier bar de la zona, ir a Vallecas a comprar chocolate y luego ya se vería.
Íbamos bien preparados, yo llevaba una bolsa de El Corte Inglés con cierta solera, tenía los triangulitos verdes, que eran el logotipo de aquella época, alarmantemente descoloridos, y como la llevaba hecha una bola en el bolsillo, tenía arrugas hasta en las asas. En cualquier caso estábamos firmemente decididos a mangar lo que fuera. El Jaro, para envalentonarnos, me contaba historias de su hermano, con una gran chaqueta con unos bolsillos interiores súper grandes no pagaba por nada que vendieran en los grandes almacenes, luego era bien fácil.
La verdad es que no era tan difícil como ahora, pero cuando uno es cipotón cualquier cosa puede fallar. Estábamos todo entusiasmados llenando la bolsa que si con calcetines deportivos que no nos hacían falta, un par de discos LP que ni me acuerdo de quién eran, un par de raquetas de “pin pon” buenas, una caja de música para un posible regalo a una muchacha que me gustaba, y el Jaro que se empeñó en que le hacía falta un par de zapatos, pues allí que fuimos todo decididos como el que lleva la American Express asomando en el bolsillo. En aquellos días los muestrarios de zapatos tenían la pareja completa no como ahora, se probó unos cuantos y cuando decidió cuales eran los que quería procedimos a intentar meterlos ambos, de una talla 44 que ya calzaba el chaval, en la deslustrada bolsa casi llena. Como se resistían, allí nos tienes a los dos “arrepretando” todo el material imposible de guardar. Tanto “cante” debíamos de dar que no tardó en aparecer un “armario con traje oscuro”, todo circunspecto a “pedirnos” que le acompañáramos. Nos introdujo por unos largos (o eso me parecieron) pasillos fuera de la vista del público y con estanterías y almacén, y con un pequeño y cutre despacho al final.
Estábamos acojonados, yo no me había visto en otra más gorda (aunque a lo mejor sí), ni él tampoco, nos hizo pasar al despacho y sentarnos. Nos dijo que volvía en un ratito que parecieron horas. Cuando volvió nos acusó directamente de haber robado todo lo que llevábamos en la bolsa. Recuerdo que el Jaro dijo que todo no, que la caja de música la habíamos comprado en una tienda antes de pasar, aunque la verdad es que la pillamos en la planta baja, el caso es que el tipo dudó y nos dijo que si le llevábamos una factura de la tienda nos lo devolvía y no lo incluyó en el inventario del robo, que ascendía a más de cuatro mil pesetas de aquél entonces. No recuerdo si antes o después nos cacheó, pero el caso es que lo hizo, y a mí que llevaba la cartera en el bolsillo de la pierna mala, más “holguera”, no advirtió mi cartera, no así en el caso del Jaro, que a falta de dinero la llevaba llena de carnés de todo tipo desde el de identidad, biblioteca, colegio, y no sé cuantos más, el caso es que a él lo ficharon, y a mí cuando me preguntaron el nombre y filiación, aunque me atasqué al principio con lo del nombre, ya que dije tras un titubeo - … Juan Carlos también, Martínez Gómez. Un alarde de imaginación, aunque lo superé con el resto de mi vida, según dije era de Talavera, luego me preguntó en qué trabajaba mi padre y no mentí, le dije que era empleado de banca, eso sí en Talavera y en Banesto. Entonces este sujeto puso cara paternal y encarándose conmigo me inquiere que qué me parecería que él fuera a robar al banco de mi padre. El miedo me impidió reírme pero yo muy serio y arrepentido, y con mi mejor “cara de bueno” le dije que por supuesto que muy mal.
Terminado los interrogatorios y tal y concluyendo, nos dijo que eso que habíamos robado tendríamos que pagarlo, pero como mi amigo solo llevaba mil pelas en la cartera y a mí no me la habían pillado, cogió la bolsa le puso un papelito con nuestros datos y quedamos en que en un mes podríamos ahorrar el dinero suficiente y volveríamos a por los objetos, como efectivamente hicimos. Antes, en cuanto salimos de allí buscamos una tienda de regalos y en el escaparate vimos algo similar, creo que era un joyero musical, entramos y con toda la jeta del mundo, le conté que había comprado una igual que la del escaparate y que mi padre me había pedido la factura porque no se fiaba de que me hubiera gastado más dinero, y como tampoco entonces había obligación de poner los datos fiscales en las facturas y yo tampoco necesitaba muchos detalles en el papel, la dependienta nos hizo uno sin ningún problema, con el que nos fuimos de nuevo al lugar de los hechos a reclamar lo que era nuestro, con un par.
Eso sí, al mes estaba yo en Madrid con la mitad del dinero, y el muy capullo todavía dudaba de ir a pagar, pero como los datos que tenían eran suyos, decidimos cumplir nuestra penitencia, aunque esta vez entró él solo con el dinero ya que era al que más le podía afectar, y según contó, localizó al fulano, le dio las perras se las echó al bolsillo y le entregó la bolsa que estaba justo dónde quedó un mes antes. Ese día seguro que se corrió una juerga a la salud de un par de pardillos que iban de “listos”.
Este percance no nos desanimó en absoluto, ni alteró nuestro plan de actividades, y como no tuvimos ocasión de gastar nada en el Corte Inglés, me llevó en su Puch hasta Vallecas, pillamos fácilmente el chocolate que probamos en algún banco de vuelta al centro, y me sugirió darnos una vuelta por la calle Ballesta para ver las putas, porque con el capital de que disponíamos ni daba, ni nos atrevíamos a otra cosa, además de pardillos también éramos virginales. Paseando por la citada calle los porteros nos invitaban a pasar a sus locales, y en uno que debió de ponerse más cansino, le llegamos a preguntar cuánto costaba tomarse un cubata, para valorar nuestras posibilidades, creo recordar que fueron mil pesetas los dos, y también recuerdo que se nos acercaron dos que ni me acuerdo si eran guapas o feas, blancas o negras, pero como no había nadie y ya habíamos evidenciado que dinero ya no teníamos, pues estuvimos hablando ni me acuerdo de qué, aunque al final nos olvidamos de la jodida caja de música. Al terminar nuestra intensa jornada me acercó a casa de mi hermana y quedamos directamente para la entrega del rescate de la bolsa.
Tras esta experiencia “manga” no escarmenté, tuve un par de experiencias más al año siguiente, pero esta vez con mi concuñada Mª Carmen como cómplice-inductora, con un currículum según ella muy extenso, y yo por quedar como un “mocete” le seguí la corriente, con lo que una mañana nos fuimos a un Corte Inglés en Madrid, eso sí mejor pertrechados, por parte de ella más y más, que llevaba un bolso “medio espuerta” debajo del sobaco, mucho más discreto que la bolsa sobada de la ocasión anterior. Ella iba cargando el bolso con cintas de casete y otras fruslerías de muchachas y yo me puse a ver “chupas”, teniendo en cuenta que era principios de septiembre, y que ese día hacía bueno, no parecía muy apropiado pillarse una, pero me la probé, me gustó, era de plástico negro forrada de felpa, pero de lejos parecía cuero, estaría en torno a las dos mil pesetas no recuerdo bien, el caso es que con mi chupa puesta y con una sobredosis de adrenalina en mi cuerpo como pocas, sin mirar siquiera dónde podría estar mi cómplice, que se alejó de mí en cuanto me vio las intenciones, alcancé los ascensores sin ningún sobresalto, ya en la planta baja busqué la salida más próxima y conforme iba aproximándome a la calle, más temía que me abordaran, pues desconfiaba de cualquier tío que presentía en mi entorno, estaba seguro que me habían visto, pero sin embargo llegué a la calle, no oía pasos tras de mí, miraba hacia atrás y nadie me perseguía ni me miraba, y eso que debía de dar algo el cante porque se veían pocas cazadoras, sino más bien al contrario, polos de manga corta y todo el mundo muy veraniego, mientras yo sudaba lo mío entre la tensión y el calor.
Tras alejarme unos pocos metros del edificio, en dirección a la parada de autobús en la que debíamos ir para nuestro regreso, y ya recuperando el ritmo normal y saboreando el éxito de la operación, llego mi compañera de aventura, pero como más fría, como muy sobrada y además regañándome por haberla perdido, ¡que jodía! Encima que salió por patas me apretó los machos. Regresamos con el botín que mal repartió mi concuñada, por la parte que yo creí me correspondía, aunque sin rencores, y disfrutamos contándolo a nuestros hermanos respectivos como una gran hazaña.
Luego ya con la edad uno se vuelve menos intrépido, aunque algún sábado delinque uno un poquito para poder llegar a mi casa en coche desde el garito de costumbre, total trescientos metros, pero es que los cojos tenemos muy “mal volver” andando de estos sitios.
Por hoy vale, lo próximo, que será en unos días, trataremos la campaña electoral, sus debates, sus propuestas, alguna anécdota y alguna reflexión, esto último, seguro.