Un día cualquiera
Hoy, un día como otro cualquiera, me levanté de buen ánimo y dispuesto a compartir con mis queridos “compis” unas horas de intrascendente curro veraniego. El día efectivamente iba transcurriendo así, incluso estaba “graciosete” comentando chascarrillos con mis sufridos compañeros/as, además hoy venía mi “primogénito” tras cuatro largos días de campamento de verano.
Así pues, con esta última y gran motivación me dispuse a regresar como tantos días por la anodina pero ancha A43 a “cachos” complementada por la infernal N430. Mientras, durante el trayecto he mantenido cinco conversaciones-negociaciones-discusiones (por el manos libres güay), por asuntos de trabajo de cierta gravedad, que incluso me han hecho sentirme bien porque aparte de haber llevado la iniciativa, creo que he logrado el objetivo que me había marcado previamente, pues este tema lo estaba esperando en cualquier momento.
El caso, que venía ensimismado en mis análisis, y a una velocidad de crucero aceptable, cuando llegando a mi destino el tráfico se había detenido. Yo lo primero que he pensado es que sería por las obras de la autovía, pero conforme avanzaba la caravana y he visto a los guardiaciviles me he empezado a preocupar, y no por otra cosa que por un posible accidente. El caso es que mis preocupaciones se han confirmado cuando he pasado al lado de una sabana que cubría lo que parecía el cuerpo de un chaval, ya que no parecía ser muy grande lo que fuera lo que cubría esa sabana.
El cuerpo se me ha revuelto en un momento y me ha invadido una enorme tristeza, acrecentadas cuando pensaba en la posibilidad de que hubiera sido un niño la probable víctima. Esta visión ha empañado mi alegría por recibir a mi hijo, al que le he dado el móvil que tanta ilusión le hacía, y el que nos ha contado todo lo que había hecho en su campamento. Pero no ha sido igual, la imagen seguía en mi cabeza, y apenas he comido.
Al poco alguien ha llamado a mi mujer para decirle que había muerto el padre de una vecina atropellado en la carretera. Esto, que no deja de ser grave, sin embargo me ha aligerado el desasosiego, porque le restaba el dramatismo que conlleva la muerte de un chaval, ya que la muerte de una persona con ochenta y muchos años parece como más natural o asumible. Conocía a la víctima y me caía bien, se llamaba León aunque no hacía honor al fiero nombre, ya que era de aspecto apacible y cercano, y me recordaba con su sombrero las fotos de mi abuelo, al que no conocí y que era “tratante” de mulas y siempre llevaba sombrero. Era un hombre cuando menos “osado” ya que a su edad y en bicicleta, con las características pinzas de la ropa sujetándole los bajos del pantalón para que no se enreden con la cadena, y su pedalear parsimonioso y despreocupado, obviando los cada vez mas peligros del tráfico, parecía anunciar lo que al final ha sucedido.
El motivo de relatar esto principalmente no es otro que el de hacer una especie de terapia que me ayude a difuminar la dura imagen de la sabana tapando lo que hasta un rato antes era una vida, en este caso toda una vida. Hoy no he podido ser tan ocurrente como, a lo mejor, en otras ocasiones, pero el cuerpo me pedía escribir sobre esto. Otro día me esforzaré para sacaros alguna sonrisa.







