Han pasado más de dos semanas desde la última entrada literaria en esta cosa, en este tiempo solo he puesto algunos videos musicales y dos joyas históricas sobre Tomelloso, que parecen haber sido sacadas del prehistórico “NODO”, aunque no por ello desmerezcan.
Hoy también estamos de resaca. De resaca conmemorativa de los treinta años de democracia. Qué tiempos aquellos, que jóvenes que éramos los de mi generación, con que ilusión y con qué pasión vivimos aquellos días, y qué sanamente ingenuos nos mantuvimos algunos años. Llegamos a creer que “verdad”, “palabra”, “compromiso”, “igualdad”, “democracia”, eran palabras sagradas, e inviolables por aquellos en los que se depositaba la confianza con nuestro voto. Después descubrimos cuan cínicos, falsos y retorcidos podían llegar a ser. Pero en cualquier caso, aislando aquella isla temporal, y con la pátina de romanticismo con que la conservamos dentro de nuestros recuerdos, fueron tiempos de vivir la vida intensamente, incluso desde pueblos tan “supuestamente” alejados del cogollo de la “acción”. Pero es que la “acción” estaba en cada uno de los rincones de esta “pellica de toro”, porque radicaba principalmente en la gente.
Gente que anhelábamos el olor a “limpio”, a “nuevo”, que desterrara para siempre esos olores a “rancio”, a las bolas de “antipolilla” que se ponían en los armarios y que impregnaban nuestra ropa. Se respiraba emoción, los colores aparecieron por todos lados como si de la llegada de una primavera distinta se tratara. Descubrimos la poesía comprometida, dentro de las canciones interpretados por cantautores “malditos” por el orden establecido en aquellos años, cuya “maldición” los hacía aún más atractivos, y en cuyos conciertos nos desgañitábamos coreando sus canciones, que más que canciones fueron himnos muchas de ellas.
Duró poco tiempo, en cinco años nos hicimos “modernos” con la llegada de la década “prodigiosa” de los ochenta, en que aquellos sentimientos de querer cambiarlo todo, ponerlo todo patas arriba y renovar el mundo, se fueron mezclando con un espíritu hedonista y rompedor a la vez, que casi se nos corta en seco con el susto del 23F, que nos devolvió de repente a la incertidumbre de un lustro antes, cuando había que tener mucho tacto con lo que los militares de aquél entonces sentían, y que no era otra cosa que un sentimiento de propiedad de los destinos del país arrastrados por los cuarenta años de dictadura.
Volvimos a sentir ese “miedo emocionante”, que durante unos días sirvió para unir a un sector muy mayoritario de la población que no queríamos dar ni un paso atrás. Y que incluso a muchos de los que entonces nos declarábamos republicanos y “superizquierdosos” y “anarquistas”, sentimos gran alivio cuando por fin vimos al Juan Carlos decir lo que dijo, aunque luego con el tiempo hayan surgido cuestiones poco claras sobre lo que pasó de verdad entre bambalinas.
Con el paso de los años y visto lo visto, hoy aquellos locos románticos que hubiéramos hecho la revolución entonces, nos hemos vuelto mucho más pragmáticos, los años, los hijos, el trabajo, la hipoteca, todas esas cosas que nos anclan al suelo de forma inevitable, y que también nos dan satisfacción, a excepción de las hipotecas y algunas veces el trabajo. Nos hemos adaptado al medio, o ha sido el medio el que nos ha domesticado. Da igual, el resultado es el que es, ni malo ni bueno pero siempre mejorable. Dentro de treinta años seguro que algunos recordaremos con nostalgia estos tiempos “de principios de siglo”, y nos alegraremos de haber formado parte de este “cachito” de historia, y les contaremos a nuestros nietos batallitas como la de “lo que nos costó traer de nuevo el tren a la comarca”, batallita aún incierta por cierto.
Y para cambiar de registro, me he encontrado una cosita que escribí para el blog el 21 de abril, y que si no me equivoco, está sin publicar.
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Estoy “perro”, voy a intentar forzar la máquina y a ver que sale. La última entrada hablamos de las drogas, y me faltó decir que “el caballo” es la más rápidamente destructiva de las que conozco, aunque en este caso el conocimiento es “colateral”. Siempre tuve claro que “no”, y he tenido oportunidad de probarla varias veces. He conocido demasiada gente “echada a perder”, cuando no muertos, como para que mi curiosidad se sintiera satisfecha con lo visto.
Pero la entrada de hoy no me apetece trascendente, sino algo más ligerita y entretenida, y me viene a la memoria mi pequeña experiencia en “citas a ciegas” en tiempos anteriores a la “revolución popular” que ha supuesto el desarrollo de internet y la telefonía móvil.
Creo que era el año 1989, cuando mi compañero de oficina, “Galindo”, personaje al que más adelante le tendré que dedicar un capítulo monográfico, y a un servidor nos cayó un ejemplar del “2ª mano”, en el que se publicaban anuncios de todo tipo en un ámbito regional.
Como también tenía sección de contactos y nosotros somos personas muy sociables y deseosas de “conocer gente”, pusimos sendos anuncios buscando relaciones “sin compromiso”, o de las que fuera. El caso es que en el siguiente número aparecieron nuestros anuncios, con una particularidad, el único que tenía el nº de teléfono correcto era el mío. Por lo que fue a mí al que le surgieron demasiadas oportunidades de relacionarme.
En cierta ocasión concerté un encuentro que “prometía”. Se trataba de una profesora de inglés que vivía en Quintanar de la Orden. Una voz suave y melosa, de origen sudamericano, concretamos que me invitaría a cenar a su casa al día siguiente, un día entre semana.
Llegado el momento allí que me presento a la hora indicada, y primer contratiempo, no estaba. Como tenía una serie de expectativas esa noche, decidí esperar. Unos minutos más tarde aparece, lo que podríamos llamar de forma benevolente, aunque con el punto de “mala leche” que me caracteriza, la mitad de mis expectativas partido por dos. Era una simpática y agradable boliviana y punto. Y para más inri, no me esperaba, creía que no iba a venir, por lo que tampoco tenía nada preparado. Se me estaba quedando cierta cara de gilipollas, cuando ella sugirió hacer unos espaguetis y además llamar a una compañera inglesa, esto para no sentirse tan cortada.
La amiga, algo más acorde con lo deseado por mí, se presentó pronto, teniendo en cuenta las circunstancias, o quizás por eso. Tomamos unas cervezas, cenamos espaguetis, fumamos, reímos, y a una hora prudente me voy. De camino tengo que llevar a la “inglesa” a su casa, cosa que hago sin más. Aunque una vez en mi casa, sonó el teléfono, alguien quería saber si ya estaba. ¡Hay que joderse! Además celosa. Aunque en mi despedida quedamos en vernos y llamarnos y tal, hasta hoy.
Luego estaban “las cansinas”, una incluso clienta del banco, con una deficiencia síquica evidente. Pero la más “cansina”, rayando en el acoso, era una dependienta de una zapatería en una población vecina, a la que le gustaba mi voz y solo quería hablar por teléfono, así que me llamaba a cualquier hora, del día o de la noche. Al principio hacía gracia, pero pronto no tenía ninguna, por lo que le pasé su teléfono a Galindo, lo que le molestó tanto que dejó de llamarme.
Hubo otra, mujer casada con un conductor de autobús, con la que mantenía tórridas conversaciones cuando acostaba a los “chicos” y el marido o no estaba o también dormía. Un morbazo.
La penúltima que contaré se trataba de una danesa, madre de un hijo pequeño, que trabajaba en los Navalucillos, sitio que ni sabía que existiera. Nos cruzamos un par de cartas con fotos y todo. Yo le envié una de mi torso y cara, y ella una con un bodi negro, y unas cartas en las que entre otras cosa me contaba lo bien que le había caído a su niño.
Lo que nunca acabé de tener claro era en qué trabajaba, primero me dijo que en un restaurante, luego me contaba que hacía cierto tipo de películas con su cámara, sin especificar. Más tarde me escribió para decirme que trabajaba en Manzanares, pero al indagar la dirección de su domicilio y aplicando los conocimientos de Galindo, sacamos en conclusión que no me había contado “toda la verdad”.
La última era una cordobesa de familia de derechas de toda la vida, con la que quedé una tarde de viernes en Ciudad Real, dónde vivía por razones de trabajo. Quedamos en un bar con los preceptivos nervios, tomamos un primer contacto y decidimos seguir la velada. Yo había quedado con un amiguete que vivía en C.R. para dormir en su piso, pero ni lo había localizado, ni sabía si lo acabaría haciendo, entonces no habíamos incorporado el móvil a nuestro vestuario. Estuvimos de cervezas, cenamos y nos fuimos a una discoteca de moda efímera en esta ciudad, Pachá. Como el nivel de confianza había subido muy deprisa, quedamos en que me iría a dormir a su casa, ya que a lo mejor una compañera se iba a su pueblo. Como ya digo, la confianza era suficiente como para estar comiéndonos los morros de forma casi impúdica.
Por allí apareció el amiguete que me habría tenido que cobijar, flipando del grado de enamoramiento súbito que estaba viendo, diciéndome que sus amigos no se acababan de creer que nos habíamos conocido esa tarde. Terminado el baile-besuqueo nos fuimos a su casa, y casualmente su amiga había pasado de ir a su pueblo y estaba encamada con su novio, por lo que la otra alternativa era meterme en la cama con mi cordobesa. Eso sí con una condición previa, “solo para dormir”. Yo, que siempre he sido muy obediente y “mu cipote”, me di la vuelta dispuesto a dormir. Al verlo, ella se dio la vuelta y me apretó en el “on” poniendo en marcha toda la maquinaria a utilizar en estos casos. Y aunque con una caída momentánea de “tensión”, subsanada en tiempo y forma, esa noche consumamos el inicio de un cortísimo pero intenso “noviazgo”.
Y fue cortísimo porque duró un mes, durante el cual yo me escapaba algunas tardes a Ciudad Real a hacer lo que se hace en estos casos. Un fin de semana en el que se nos apuntó mi amigo Luismi, ella nos agasajó con su arte culinario y de buena anfitriona, pero a Luismi no le acababa de convencer que ella me dijera cosas tales como: “cuando vayamos a mi pueblo, ni se te ocurra decir que eres rojo”, aunque a mi estas cosas no me “chirriaban” tanto, quizás por la obnubilación del momento. Y como por aquella época estaba yo con la autoestima muy alta, y en el mercado había mucha oferta, decidí seguir los consejos de mi amigo, y cortar de una forma lo menos dolorosa posible. Le dije que había vuelto con mi antigua novia, pero resultó no ser tan comprensiva como yo esperaba, y anduvo un tiempo actuando como una “novia despechada”, hasta que debió encontrar a otro más fiable.