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homenaje a la boina tomellosera,

lunes, 16 de abril de 2007

Luego vinieron algunas (pocas) exposiciones más, principalmente colectivas, e invitaciones a participar en multitud de certámenes de pintura, por lo que debo de figurar en alguna “guía” de artistas o algo parecido. Lo que sí me quedó claro es que el pan y lo demás lo seguiría pagando con el dinero que el banco me pagaba por mi trabajo. Y aunque esta faceta artística la tenga relativamente aparcada, lo cierto es que muy de vez en cuando me da por hacer alguna cosilla. Al contrario que lo de montar en bici, como en este caso nunca aprendí, nunca se me olvidará.

Ahora voy a relatar otra vivencia aparentemente negativa pero circunstancialmente crucial en la conformación de mi destino tal como es hoy. Empezaba el otoño del año 1989 y esa mañana estaba en funciones de responsable de mi oficina. Una de las obligaciones de un responsable de oficina bancaria es la de salir con los clientes al bar. En una de esas salidas cerca de mediodía nos liamos de cervezas (varias), y de las cervezas pasamos a los postres con las copitas correspondientes, acompañado de mucho “palique” y partiditas de billar o dardos, según se terciaba. Así que entre unas cosas y otras, llegó la hora de irme a realizar la llamada que todas las tardes a la misma hora, las cinco, hacía a Consuelo, mi novia de Madrid; Como ejercicio de memoria, os recuerdo que entonces no usábamos móviles.

Alegre y contento me monto en mi coche y regreso a Tomelloso como todos los días. Al entrar en Tomelloso, en la curva de las “Casas Baratas”, también conocido como Barrio del Carmen, el coche hizo un trompo, se salió de la calzada a los paseos, y parece ser (yo no lo vi), que le rocé ligeramente al coche aparcado de una maestra del colegio que se encuentra frente a este barrio. Y digo que no lo vi, porque si lo hubiera visto le hubiera puesto el “papelito” y no habría pasado de ahí. Pero parece que el destino quería novelar un poco este desafortunado e intrascendente (en principio) accidente. Unos chavales que se encontraban en el patio del colegio observaron con la suficiente atención el hecho, y dieron cuentas con pelos y matrícula a la profesora afectada, quién con la normal diligencia denunció los hechos a la autoridad competente, quién a su vez e igual de diligentes, se personaron en mi casa para interesarse por el asunto. Yo nervioso por lo ocurrido pero todavía “alegre y contento”, y seguro de no haber perjudicado a nadie, les abrí la puerta y contesté a sus preguntas sin preocupación alguna. Me pidieron amablemente que les acompañara, accedí sin problemas; Una vez en el Ayuntamiento me llevaron al cuartucho de los interrogatorios, yo seguía contento, pero estaba empezando a darme un poquito de “mal rollo”. Me invitan a realizar la prueba del alcohol, accedo igualmente, pero les advierto que para quitarme el susto una vez llegado a casa me he tomado un “copón” de coñac. Por fin soplo por el “pesa mostos”, el máximo permitido de aquella época eran 0,80 mgr/litro de sangre, mi resultado 2,1, Lo inmediato después es leerme directamente mis derechos (como en las películas), incluida la parte de “tiene derecho a un abogado…”.

Llegados a este punto, os imaginaréis que ya no estaba tan contento y alegre como hacía un ratito. Es verdad, se me lió una llantina como hacía tiempo no tenía, mientras entre sollozos pedía, que si un abogado de oficio, que si realizar una llamada, y esas cosas que se hacen en estos trances.

Fueron seis horas verdaderamente desagradables, hasta que me bajó el grado a valores legales, mientras tanto era mi amigo Luismi el encargado de asistirme y apoyarme moral y físicamente en este marrón.

Tras dos años de proceso, las consecuencias civiles y penales de todo esto fueron: ocho meses de retirada del permiso, multa de ciento cincuenta mil pesetas, más otras tantas para mi abogado, a lo que tenemos que sumar el dinero que me reclamó mi seguro por las reparaciones. Una lección que a pesar de todo no considero “cara”, y eso que me vi forzado a vender el piso de Tomelloso y a comprarme un “caserón”, viejo pero grande y con corral, en Argamasilla, pues ni podría pagar un taxi a diario, ni tenía otra alternativa como no fuera la del paseíto de ocho kilómetros para ir o para volver andando, que también fue que no.

Las consecuencias vitales, principalmente el haber conocido a mi mujer y tener con ella dos “argamasilleretes” que son lo mejor que me ha pasado en la vida; además de incorporar a nuevos amigos y el disfrutar de la tranquilidad y la comodidad que supone vivir en el pueblo de mi abuela, de momento.

No me arrepiento de lo malo vivido, aparte del aprendizaje que siempre supone una mala experiencia, nunca se sabe que hay detrás de cada puerta que se nos abre. Es un poco como decía Groucho en una de sus inteligentísimas frases “Si un día te sientes inútil y deprimido… ¡recuerda que fuiste el espermatozoide más veloz de todos!”. Hay que “positivizar” nuestra vida, como también decía aquél entrenador “siempre positivos, nunca negativos”, además está demostrado que esa postura ante la vida es muy saludable.

Por hoy es suficiente, tengo a “la musa de los recuerdos” un poco ausente y algunas tareas que conciliar. Mañana o pasado, más.

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musiquita de los 60, recordada en el 90


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concierto de Gato Pérez unos meses antes del infarto


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documental de Tomelloso en 1948 1ª parte


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documental de Tomelloso 1948 2ª parte


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Ya semos europeos


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