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homenaje a la boina tomellosera,

miércoles, 25 de abril de 2007

Hoy os voy a contar un cuento, para darle variedad al asunto este y no estar siempre hablando de mí y de mis circunstancias. Es totalmente ficción, y lo dejo clarito ante las dudas que alguno me ha planteado en lo relatado hasta ahora. Solo lo negaré ante mis padres, y tampoco, entre otras cosas porque ellos de blogs e informática, ya han llegado tarde. Bueno lo dicho, aquí va el cuento, el título es "En tierra extraña"

Se llamaba Laura, vino de Rumanía a buscarse la vida como tantos otros desde medio mundo. Le hablaron de Tomelloso y de las posibilidades que ofrecía cuando todavía estaba deshojando la margarita de la “emigración”.

Ella lo tenía más fácil que otros, sus padres fallecieron hacía varios años, su novio de toda la vida, emigrado a Italia un par de años antes, había conocido a una húngara, y casi lo único que le faltaba por decidir era cuando. También llevaba un tiempo viendo telenovelas en español en los distintos canales por satélite, para irse familiarizando con el idioma, como tantos habían hecho antes que ella y con un resultado más que aceptable.

Lo que más le dolía de aquella decisión era la frustración que produce el tener que abandonar los lugares que formaban parte de sus recuerdos. Recuerdos de su infancia y de su juventud cada vez más lejana. Laura tenía 30 años y aunque estudió Historia, trabajaba en una pequeña fábrica de ropa en su ciudad.

Llevaba cuatro meses en Tomelloso, dónde había encontrado un buen trabajo, o eso decía ella. La verdad es que dentro de lo que cabe sí que era afortunada. Trabajaba en la lavandería de un hotel, cobraba 900 € y le daban cama y comida, y su “jefe” le estaba arreglando los “papeles”, aunque la jornada estaba poco delimitada como ocurre en muchos negocios “pseudo-familiares”, pero disponía de tiempo libre. Lo que no decía era que de vez en cuando, tenía que ser “cariñosa” y aguantar el baboseo de su jefe, que como ya era algo mayor, y padecía del corazón, era muy ocasional y se hacía algo más soportable; y ella misma tranquilizaba su conciencia pensando en las compatriotas que lo estaban pasando peor, teniendo que ejercer directamente la prostitución en manos de cualquier mafioso.

Con estos razonamientos y su pragmatismo de “superviviente”, se consideraba una afortunada. Se relacionaba con la gente del entorno. Tenía amigas de Tomelloso, iba a algún cumpleaños, salía los fines de semana, pero rehusaba las relaciones con los chicos que lo intentaban, porque todavía no he dicho que Laura es una mujer muy bien parecida, rubia, ojos azules y estatura normal. Pero no quería ningún compromiso, estaba muy escarmentada y dolida por sus malogradas relaciones, y también llena de desconfianza hacia los hombres.

En cualquier caso, lo que más la rebelaba era lo irracional del comportamiento humano. No entendía como podía haber personas que tomaran decisiones que estaban contribuyendo a arruinar el mundo. Ya fueran de tipo ecológico, genocida, o político. No se explicaba como se podía destruir la Selva Amazónica de forma tan impune, o que Israel o USA, fueran por el mundo haciendo de su capa un sayo, cuando las políticas de turno requirieran la sangre de otros para subir en las encuestas, o porque así se lo exigían sus verdaderos patronos, los donantes de miles de millones para mantener hipotecada a la clase política de por vida. O tantas y tantas situaciones con las que nos bombardean periódicos, noticiarios, etc, a diario.

Se preguntaba si esto tendría solución, si ha sido y tendrá que ser así mientras el mundo sea mundo, o simplemente formamos parte de nuestro propio proceso de destrucción. A lo mejor dentro de miles o millones de años, o tal vez cientos, el mundo, si sigue siendo mundo, estará habitado por bacterias súper-resistentes, o seremos colonizados por otros seres, seguro más inteligentes.

Siempre se planteaba la posibilidad de hacer algo, pero ella era un grano de arena en medio de un desierto de granos de arena. Le gustaba pasear por el campo, le traía recuerdos de cuando lo hacía con su abuela en su tierra natal, cuando la acompañaba a recoger plantas, hongos, raíces y demás productos de la naturaleza, que le servían para elaborar sus potingues de curandera. Laura se conocía muy bien cada planta y para qué servían y como había que prepararlas. Tenía mucha facilidad para aprender con solo mirar, y ayudando a su abuela aprendió gran parte de la sabiduría ancestral que albergaba.

En los días de poco trabajo en el hotel, acudía a la casa del jefe para ayudar en las laboras de la casa. Se entendía muy bien con la esposa del jefe, a la que le regalaba bolsitas de tela con diferentes mezclas de plantas aromáticas con supuestos efectos beneficiosos, ya fuera para el insomnio, la tos, la menopausia, … Ese día le llevó un par de bolsitas especialmente preparadas, que le recomendó poner en las mesillas de noche para que disfrutaran de un sueño profundo y reparador, pues “la jefa” se andaba siempre quejando de su “mal dormir”, y de que ya no le hacían efecto las pastillas.

La habitación de Laura se encontraba en la última planta del pequeño hotel, era la única persona que lo habitaba de forma permanente, aunque allí siempre había gente entre clientes y personal del propio hotel. Cuando al jefe le daba “el calentón” se pasaba por el hotel, y siempre de forma muy discreta, se metían en su habitación. Esa tarde el jefe no se encontraba pleno de facultades, andaba quejicoso de la espalda. Laura inmediatamente se ofreció a prepararle una especie de ungüento para darle unas friegas, y como él ya sabía de la delicadeza de sus manos, asintió gustoso.

Se dispuso a preparar el ungüento, y para ello sacó unos cuantos botes que guardaba en un neceser mezclando las diversas hierbas y hongos que contenían. En quince minutos lo tenía todo listo para su aplicación. Tras un cálido y prolongado masaje aplicado con sus expertas y delicadas manos, este hombre sintió un gran alivio, desapareciendo sus dolores casi por completo, por lo que la besó con ternura y agradecido se marchó a su casa.

A la mañana siguiente no despertó, había muerto de una forma demasiado dulce para lo que seguramente merecía. Su mujer se despertó después de haber dormido mejor que nunca, sin poder imaginarse que también su despertar sería igualmente como nunca.

La autopsia desveló solo un fallo cardiaco, lógico a su edad, y restos de un ungüento, inofensivo en sí mismo, aunque solo Laura sabía que era parte esencial de un cóctel justiciero.

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video clip de Bruce


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musiquita de los 60, recordada en el 90


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concierto de Gato Pérez unos meses antes del infarto


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documental de Tomelloso en 1948 1ª parte


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documental de Tomelloso 1948 2ª parte


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Ya semos europeos


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