contador

homenaje a la boina tomellosera,

lunes, 30 de abril de 2007

Tras la carga de enlaces con películas y fotos de carnaval que hice la semana pasada para intentar hacer esta página algo más entretenida y atractiva, y el cambio de título, pasando de el soso “monólogo” al poco serio “Gañanaco de la Mancha” que todavía no tengo claro, voy a intentar contar algo, y no va ser un cuento.

Voy a hablar de las “romerías”. Ayer mismo tocaba “romería” en mis dos pueblos. La Romería es ese día en que todos nos ponemos de acuerdo para ir al campo, pero no al inmenso campo verde y tranquilo que todavía nos rodea. No, nos vamos a un trozo pequeñito todo el mundo, lleno de casetas de feria, chiringuitos con música imperdonable, por no hablar de calidad y precio, y todo esto alegando motivos religiosos. Que yo no pongo en cuestión por cierto, pero si tengo claro que al noventa por ciento de la gente que por allí va, se la trae floja el tema. El que no se va el día de antes para agarrarse una buena “curda” al aire libre, y luego dormirla dónde buenamente pueda, se va ese mismo día tempranito para coger buen sitio y todo el que sea posible, para instalar desde mobiliario a electrodomésticos, cuando no el camión/apartamento, y poder pasar el día lo más parecido a tu casa, pero rodeado de gente, polvo, aire, ruido y moscas, cuando no llueve, para comer como cerdos, que ya se sabe que el campo levanta el apetito, y beber como cosacos que también da sed y este año han hecho furor los barrilejos de cinco litros de cerveza. Además de ver un ratito la tele, o el futbol por la radio si se tercia.

Algunos hacen ofrecimientos a la Virgen por tal o cual cosa que pasó, o que no pasó, y hacen el recorrido a pié, unos solo un trayecto, que ya es meritorio, otros la ida y la vuelta, y otros incluso llevando a la virgen a hombros. Costumbres ancestrales que forman parte de nuestra cultura, dicen.

Cuando el día se acaba y la gente se marcha y recupera su cotidianidad, el recinto campestre queda hecho una mierda que los servicios municipales habrán de minorar, puesto que para recuperar totalmente el “verde” que se come “el ganao”, hará falta tiempo. Somos animales de costumbres, y nunca mejor dicho lo de animales. Imagino que el sacrificio es pequeño en relación con la compensación que supone la “felicidad” de un pueblo entero.

Hace muchos años era casi igual pero sin atracciones de feria, ni puestos de baratijas, ni “cuatros por cuatro”, ni “quads”, ni horteras con coches “tuneados” con la música “altica”. En la de Tomelloso, que tiene un marco menos atractivo que el Castillo de Peñarroya, sin embargo la costumbre de hacer una especie de “falla de Valencia” encima de un remolque, también llamada carroza, tiene un merito del “copón”, porque algunas llevan muchas horas de trabajo, que restan a su tiempo de ocio y dineros a los bolsillos de los entusiastas “romeros”. Mucho más que los “remolques de verde”, más lúdicos y más dados a los excesos de todo tipo. Yo participé una vez en la preparación de uno de esos remolques, y los días que nos reuníamos los de la “circunstancial” peña en la bodega de “los Torres”, acabábamos (acababan) al final montando un “guateque” a oscuras, que, follar no follarían, pero calentitos si que se iban, y yo también. Y el día de la romería empezamos a beber desde “tempranico”, anís, mistela, vino, cervezas, con lo que a la hora de comer, algunos/as ya llevaban el estómago “pelín alto”, si no es que ya “habían potado sus vinazas por los rincones”. Al regreso todos y todas “de bajada”, pese a lo llano de nuestra tierra, con la mirada perdida, en silencio .

En otra ocasión nos fuimos de acampada la víspera de la romería a Pinilla unos primos y yo. Como eran primos de los “de Madrid”, que eso en aquél entonces daba caché entre las chicas rurales, nos acompañaron un par de amigas, que entre bromas y tonterías, una de ellas acabó amoratándome un ojo con un “pan de kilo”. La Pili Ferrer, quién luego protagonizó algunos reportajes en las revistas del “hígado” por su fugaz relación con Gonzalo de Borbón Tres Pitorras o algo así.

También estamos los que vamos “de formal” con la familia, a que los chiquetes “disfruten”, santos angelicos, lo bien que se lo pasan correteando por “el campo” y pidiendo, ora un helado, ora dinero para dar “cuatro brincos” en las mugrientas y poco seguras colchonetas, ora una bolsa de cualquier guarrería, ora un juguete que no va llegar sano a casa. Que si los padres no disfrutan que se aguanten y paguen, ¡es lo que toca!, te dices a ti mismo resignado y auto-convencido. En tus tiempos te compraban un “cacho de paloduz” y estabas apañado, cerveza y pincho para los padres y a ti una “fanta”, y a casa. Luego por la tarde a la plaza para ver llegar a la virgen y el desfile del resto del “ejército” desaliñado y descompuesto, carrozas desvencijadas y caras desencajadas, con la banda de música sin aliento, (imposible no desafinar). Y como siempre, el primero, “El cojo”, que tiraba los cohetes en todos los eventos públicos del pueblo, desfiles, procesiones, o lo que se antojara.

Y de momento nada más, y aunque reconozco que lo de hoy no es gran cosa (a lo mejor lo de antes tampoco), después de varios días con la neurona al “ralentí”, ha supuesto un esfuerzo ímprobo el reiniciar mis actividades literarias, sin pretensiones, eso sí.

miércoles, 25 de abril de 2007

Hoy os voy a contar un cuento, para darle variedad al asunto este y no estar siempre hablando de mí y de mis circunstancias. Es totalmente ficción, y lo dejo clarito ante las dudas que alguno me ha planteado en lo relatado hasta ahora. Solo lo negaré ante mis padres, y tampoco, entre otras cosas porque ellos de blogs e informática, ya han llegado tarde. Bueno lo dicho, aquí va el cuento, el título es "En tierra extraña"

Se llamaba Laura, vino de Rumanía a buscarse la vida como tantos otros desde medio mundo. Le hablaron de Tomelloso y de las posibilidades que ofrecía cuando todavía estaba deshojando la margarita de la “emigración”.

Ella lo tenía más fácil que otros, sus padres fallecieron hacía varios años, su novio de toda la vida, emigrado a Italia un par de años antes, había conocido a una húngara, y casi lo único que le faltaba por decidir era cuando. También llevaba un tiempo viendo telenovelas en español en los distintos canales por satélite, para irse familiarizando con el idioma, como tantos habían hecho antes que ella y con un resultado más que aceptable.

Lo que más le dolía de aquella decisión era la frustración que produce el tener que abandonar los lugares que formaban parte de sus recuerdos. Recuerdos de su infancia y de su juventud cada vez más lejana. Laura tenía 30 años y aunque estudió Historia, trabajaba en una pequeña fábrica de ropa en su ciudad.

Llevaba cuatro meses en Tomelloso, dónde había encontrado un buen trabajo, o eso decía ella. La verdad es que dentro de lo que cabe sí que era afortunada. Trabajaba en la lavandería de un hotel, cobraba 900 € y le daban cama y comida, y su “jefe” le estaba arreglando los “papeles”, aunque la jornada estaba poco delimitada como ocurre en muchos negocios “pseudo-familiares”, pero disponía de tiempo libre. Lo que no decía era que de vez en cuando, tenía que ser “cariñosa” y aguantar el baboseo de su jefe, que como ya era algo mayor, y padecía del corazón, era muy ocasional y se hacía algo más soportable; y ella misma tranquilizaba su conciencia pensando en las compatriotas que lo estaban pasando peor, teniendo que ejercer directamente la prostitución en manos de cualquier mafioso.

Con estos razonamientos y su pragmatismo de “superviviente”, se consideraba una afortunada. Se relacionaba con la gente del entorno. Tenía amigas de Tomelloso, iba a algún cumpleaños, salía los fines de semana, pero rehusaba las relaciones con los chicos que lo intentaban, porque todavía no he dicho que Laura es una mujer muy bien parecida, rubia, ojos azules y estatura normal. Pero no quería ningún compromiso, estaba muy escarmentada y dolida por sus malogradas relaciones, y también llena de desconfianza hacia los hombres.

En cualquier caso, lo que más la rebelaba era lo irracional del comportamiento humano. No entendía como podía haber personas que tomaran decisiones que estaban contribuyendo a arruinar el mundo. Ya fueran de tipo ecológico, genocida, o político. No se explicaba como se podía destruir la Selva Amazónica de forma tan impune, o que Israel o USA, fueran por el mundo haciendo de su capa un sayo, cuando las políticas de turno requirieran la sangre de otros para subir en las encuestas, o porque así se lo exigían sus verdaderos patronos, los donantes de miles de millones para mantener hipotecada a la clase política de por vida. O tantas y tantas situaciones con las que nos bombardean periódicos, noticiarios, etc, a diario.

Se preguntaba si esto tendría solución, si ha sido y tendrá que ser así mientras el mundo sea mundo, o simplemente formamos parte de nuestro propio proceso de destrucción. A lo mejor dentro de miles o millones de años, o tal vez cientos, el mundo, si sigue siendo mundo, estará habitado por bacterias súper-resistentes, o seremos colonizados por otros seres, seguro más inteligentes.

Siempre se planteaba la posibilidad de hacer algo, pero ella era un grano de arena en medio de un desierto de granos de arena. Le gustaba pasear por el campo, le traía recuerdos de cuando lo hacía con su abuela en su tierra natal, cuando la acompañaba a recoger plantas, hongos, raíces y demás productos de la naturaleza, que le servían para elaborar sus potingues de curandera. Laura se conocía muy bien cada planta y para qué servían y como había que prepararlas. Tenía mucha facilidad para aprender con solo mirar, y ayudando a su abuela aprendió gran parte de la sabiduría ancestral que albergaba.

En los días de poco trabajo en el hotel, acudía a la casa del jefe para ayudar en las laboras de la casa. Se entendía muy bien con la esposa del jefe, a la que le regalaba bolsitas de tela con diferentes mezclas de plantas aromáticas con supuestos efectos beneficiosos, ya fuera para el insomnio, la tos, la menopausia, … Ese día le llevó un par de bolsitas especialmente preparadas, que le recomendó poner en las mesillas de noche para que disfrutaran de un sueño profundo y reparador, pues “la jefa” se andaba siempre quejando de su “mal dormir”, y de que ya no le hacían efecto las pastillas.

La habitación de Laura se encontraba en la última planta del pequeño hotel, era la única persona que lo habitaba de forma permanente, aunque allí siempre había gente entre clientes y personal del propio hotel. Cuando al jefe le daba “el calentón” se pasaba por el hotel, y siempre de forma muy discreta, se metían en su habitación. Esa tarde el jefe no se encontraba pleno de facultades, andaba quejicoso de la espalda. Laura inmediatamente se ofreció a prepararle una especie de ungüento para darle unas friegas, y como él ya sabía de la delicadeza de sus manos, asintió gustoso.

Se dispuso a preparar el ungüento, y para ello sacó unos cuantos botes que guardaba en un neceser mezclando las diversas hierbas y hongos que contenían. En quince minutos lo tenía todo listo para su aplicación. Tras un cálido y prolongado masaje aplicado con sus expertas y delicadas manos, este hombre sintió un gran alivio, desapareciendo sus dolores casi por completo, por lo que la besó con ternura y agradecido se marchó a su casa.

A la mañana siguiente no despertó, había muerto de una forma demasiado dulce para lo que seguramente merecía. Su mujer se despertó después de haber dormido mejor que nunca, sin poder imaginarse que también su despertar sería igualmente como nunca.

La autopsia desveló solo un fallo cardiaco, lógico a su edad, y restos de un ungüento, inofensivo en sí mismo, aunque solo Laura sabía que era parte esencial de un cóctel justiciero.

martes, 24 de abril de 2007

Esas eran las cosas que hacíamos algunos para “aparearnos”. Si en mis tiempos de soltería hubiera dispuesto de una herramienta tan maravillosa y con tantísimas posibilidades como Internet, otras "gallas" me hubieran cantado. Esto me trae a la cabeza una disyuntiva que de vez en cuando me ocupa. En cierta ocasión no hace mucho, me encontraba en la barra de un “garito” tomando una copa al lado de un antiguo compañero de colegio. Exactamente 36 años de antigüedad. En aquellos tiempos lo teníamos por “medio cipote”, nos sacaba cuatro años y lo suyo no era estudiar, ni tampoco era especialmente golfo, era eso, “medio cipote”. El caso es que manteníamos una conversación simple plagada de tópicos.

Entre tópico y sorbo, se me ocurre decir, no recuerdo a cuento de qué, - quién tuviera ahora veinte años.

El asiente con la cabeza, y yo buscando otra frase tópica para hilar con la anterior, añado:

- Y sabiendo lo que sé ahora. Él no tardó ni un segundo en contestar - ¡pues yo tonto!

De repente, se produjo una convulsión de mis esquemas, dentro de su simpleza, en un principio lo vi claro, llevaba razón. ¿O no?

Desde entonces, de vez en cuando me lo planteo. ¿Merecería la pena, en el hipotético caso de que fuera posible, elegir ser un joven sano y robusto “gilipollas”, en vez de un venerable anciano “sabio”?. Sería interesante saber qué porcentaje de población elegiría tal o cual opción. Y dado que los humanos siempre tendemos a querer perpetuarnos, encontraríamos argumentario suficiente para elegir la primera opción. Seguro que volveríamos a asumir otro aprendizaje para llegar a ser de nuevo un “sabio” anciano y venerable.

A propósito de esta disyuntiva, dialogaba con mi “compañera de piso” y amante esposa, sobre si era más feliz un “ignorante” en el más amplio sentido, o el resto de “listos” y “enteraos” que somos los demás (ella y yo incluidos, por supuesto). En serio, yo comentaba viendo el “telediario”, que no salían nada más que dramas, injusticias, mentiras, escándalos, y todo eso me producía asco, malestar, disgusto, cabreo. Y afirmaba que aquellas personas cuya vida se reduce a su entorno cotidiano, sin más preocupaciones que su trabajo, la hipoteca, los hijos y el futbol y las cervezas del fin de semana, son más felices en general porque necesitan y exigen menos. Los “concienciados” vamos a tener problemas para conseguir siquiera igualarles, porque nos van a dar motivos para ese cabreo cada vez más.

Se trata de una visión generalista y simple, porque teniendo en cuenta que la percepción de la felicidad es obviamente subjetiva, y esa percepción no es constante sino fugaz, y que cada persona es un mundo, todos y cada uno de nosotros podríamos exponer teorías sobre esa cosa que es el “sentimiento de felicidad”.

Si esto fuera un foro, ya habría tema de debate, pero como no lo es, corto el rollo “reflexiones” y seguimos con otra cosa.

Y ahora que me acuerdo, no quiero dejar de agradecer a mis “incondicionales” amigos/as, que con sus elogios me animan a seguir con el “jodío blog”. Palabro por cierto que todavía no se qué quiere decir exactamente; al principio lo entendí como una especie de “mi diario”, aunque al ver algunos (pocos), pienso que son más bien como “escaparates”, en el que cada uno muestra “su producto”, en mi caso el producto soy yo mismo, pero más que un escaparate sería una sala de exposiciones, y no solo porque haya incorporado fotografías de mis cuadros, sino porque también expongo mis “no-vergüenzas”. Por cierto, cambié el nombre del blog por pura “mercadotecnia” y he incorporado al álbum más fotografías de mi antigua obra, y más que incluiré conforme vaya encontrando fotos. Echo de menos el no tener más conocimientos informáticos para poder modificar las plantillas prediseñadas que me ofrece la página, muy limitadas, pero con el tiempo espero ir dominando el medio e ir diversificando los contenidos, añadiendo también música y algunas pijaditas más. No aspiro a muchos lectores, es más el hecho de tener algunos fijos para mí es más que suficiente, lo que si me llama la atención es hayan dado con la página desde China, Singapur o Finlandia, entre otros, sobre todo me gustaría saber que estaban buscando cuando dieron con esta “retahíla”.

Hoy mis obligaciones me impiden que os siga metiendo rollo, por lo que nos viene bien a todos que lo deje hasta otro ratito que esté más inspirado.

sábado, 21 de abril de 2007

Estoy “perro”, voy a intentar forzar la máquina y a ver que sale. La última entrada hablamos de las drogas, y me faltó decir que “el caballo” es la más rápidamente destructiva de las que conozco, aunque en este caso el conocimiento es “colateral”. Siempre tuve claro que “no”, y he tenido oportunidad de probarla varias veces. He conocido demasiada gente “echada a perder”, cuando no muertos, como para que mi curiosidad se sintiera satisfecha con lo visto.

Pero la entrada de hoy no me apetece trascendente, sino algo más ligerita y entretenida, y me viene a la memoria mi pequeña experiencia en “citas a ciegas” en tiempos anteriores a la “revolución popular” que ha supuesto el desarrollo de internet y la telefonía móvil.

Creo que era el año 1989, cuando mi compañero de oficina, “Galindo”, personaje al que más adelante le tendré que dedicar un capítulo monográfico, y a un servidor nos cayó un ejemplar del “2ª mano”, en el que se publicaban anuncios de todo tipo en un ámbito regional.

Como también tenía sección de contactos y nosotros somos personas muy sociables y deseosas de “conocer gente”, pusimos sendos anuncios buscando relaciones “sin compromiso”, o de las que fuera. El caso es que en el siguiente número aparecieron nuestros anuncios, con una particularidad, el único que tenía el nº de teléfono correcto era el mío. Por lo que fue a mí al que le surgieron demasiadas oportunidades de relacionarme.

En cierta ocasión concerté un encuentro que “prometía”. Se trataba de una profesora de inglés que vivía en Quintanar de la Orden. Una voz suave y melosa, de origen sudamericano, concretamos que me invitaría a cenar a su casa al día siguiente, un día entre semana.

Llegado el momento allí que me presento a la hora indicada, y primer contratiempo, no estaba. Como tenía una serie de expectativas esa noche, decidí esperar. Unos minutos más tarde aparece, lo que podríamos llamar de forma benevolente, aunque con el punto de “mala leche” que me caracteriza, la mitad de mis expectativas partido por dos. Era una simpática y agradable boliviana y punto. Y para más inri, no me esperaba, creía que no iba a venir, por lo que tampoco tenía nada preparado. Se me estaba quedando cierta cara de gilipollas, cuando ella sugirió hacer unos espaguetis y además llamar a una compañera inglesa, esto para no sentirse tan cortada.

La amiga, algo más acorde con lo deseado por mí, se presentó pronto, teniendo en cuenta las circunstancias, o quizás por eso. Tomamos unas cervezas, cenamos espaguetis, fumamos, reímos, y a una hora prudente me voy. De camino tengo que llevar a la “inglesa” a su casa, cosa que hago sin más. Aunque una vez en mi casa, sonó el teléfono, alguien quería saber si ya estaba. ¡Hay que joderse! Además celosa. Aunque en mi despedida quedamos en vernos y llamarnos y tal, hasta hoy.

Luego estaban “las cansinas”, una incluso clienta del banco, con una deficiencia síquica evidente. Pero la más “cansina”, rayando en el acoso, era una dependienta de una zapatería de Alcázar, a la que le gustaba mi voz y solo quería hablar por teléfono, así que me llamaba a cualquier hora, del día o de la noche. Al principio hacía gracia, pero pronto no tenía ninguna, por lo que le pasé su teléfono a Galindo, lo que le molestó tanto que dejó de llamarme.

Hubo otra, mujer casada con un conductor de autobús, con la que mantenía tórridas conversaciones cuando acostaba a los “chicos” y el marido o no estaba o también dormía. Un morbazo.

La penúltima que contaré se trataba de una danesa, madre de un hijo pequeño, que trabajaba en los Navalucillos, sitio que ni sabía que existiera. Nos cruzamos un par de cartas con fotos y todo. Yo le envié una de mi torso y cara, y ella una con un bodi negro, y unas cartas en las que entre otras cosa me contaba lo bien que le había caído a su niño.

Lo que nunca acabé de tener claro era en qué trabajaba, primero me dijo que en un restaurante, luego me contaba que hacía cierto tipo de películas con su cámara, sin especificar. Más tarde me escribió para decirme que trabajaba en Manzanares, pero al indagar la dirección de su domicilio y aplicando los conocimientos de Galindo, sacamos en conclusión que no me había contado “toda la verdad”.

La última era una cordobesa de familia de derechas de toda la vida, con la que quedé una tarde de viernes en Ciudad Real, dónde vivía por razones de trabajo. Quedamos en un bar con los preceptivos nervios, tomamos un primer contacto y decidimos seguir la velada. Yo había quedado con un amiguete que vivía en C.R. para dormir en su piso, pero ni lo había localizado, ni sabía si lo acabaría haciendo, entonces no habíamos incorporado el móvil a nuestro vestuario. Estuvimos de cervezas, cenamos y nos fuimos a una discoteca de moda efímera en esta ciudad, Pachá. Como el nivel de confianza había subido muy deprisa, quedamos en que me iría a dormir a su casa, ya que a lo mejor una compañera se iba a su pueblo. Como ya digo, la confianza era suficiente como para estar comiéndonos los morros de forma casi impúdica.

Por allí apareció el amiguete que me habría tenido que cobijar, flipando del grado de enamoramiento súbito que estaba viendo, diciéndome que sus amigos no se acababan de creer que nos habíamos conocido esa tarde. Terminado el baile-besuqueo nos fuimos a su casa, y casualmente su amiga había pasado de ir a su pueblo y estaba encamada con su novio, por lo que la otra alternativa era meterme en la cama con mi cordobesa. Eso sí con una condición previa, “solo para dormir”. Yo que siempre he sido muy obediente y muy cipote, me di la vuelta dispuesto a dormir. Al verlo, ella se dio la vuelta y me apretó en el “on” poniendo en marcha toda la maquinaria a utilizar en estos casos. Y aunque con una caída momentánea de “tensión”, subsanada en tiempo y forma, esa noche consumamos el inicio de un cortísimo pero intenso “noviazgo”.

Y fue cortísimo porque duró un mes, durante el cual yo me escapaba algunas tardes a Ciudad Real a hacer lo que se hace en estos casos. Un fin de semana en el que se nos apuntó mi amigo Luismi, ella nos agasajó con su arte culinario y de buena anfitriona, a Luismi no le acababa de convencer que ella me dijera cosas tales como: “cuando vayamos a mi pueblo, ni se te ocurra decir que eres rojo”, aunque a mi estas cosas no me “chirriaban” tanto, quizás por la obnubilación del momento. Como por aquella época estaba yo con la autoestima muy alta, y en el mercado había mucha oferta, decidí seguir los consejos de mi amigo, y cortar de una forma lo menos dolorosa posible. Le dije que había vuelto con mi antigua novia, pero resultó no ser tan comprensiva como yo esperaba, y anduvo un tiempo actuando como una “novia despechada”, hasta que debió encontrar a otro más fiable.

Y para no tener ganas cuando empecé, creo que al final no ha estado mal por hoy.

La próxima semana hablaremos del …

miércoles, 18 de abril de 2007

drogas

Querido público, vamos a ver que me sale, porque estoy dudando entre contaros algo en la línea de las últimas entregas, o marcarme otro soliloquio con alguna de mis especialidades en “cocinilla”, sociólogo de cocinilla, filósofo de cocinilla, psicólogo de cocinilla, etc.

Tengo varios temas pendientes como Drogas, Relaciones Humanas, Trabajo, Hijos y demás familia, Internet, Cocina, etc. Podéis participar sugiriendo alguno de ellos o incluso otros.

Pero como soy una persona ordenada (a mi manera), o por lo menos algo “cuadriculada”, voy a empezar por el primero, las DROGAS.

Palabra dura y con muy mala fama, que cuando se aborda en primera persona hay que hacerlo con sumo cuidado de no quedar por lo que no se es, aunque a lo mejor sí que lo sea. Las drogas en sí no son ni malas ni buenas, dicho de forma aséptica son simples sustancias capaces de alterar comportamientos, y dependiendo de qué comportamientos y cuanto los alteren, se las irá clasificando como más o menos peligrosas.

Ciertamente lo que he dicho es muy obvio, por lo que la mejor manera de que podáis entender lo que quiero decir es contando mi experiencia personal, que desde ya mismo digo, en ningún caso es extrapolable ni generalizable, porque no todos los organismos asimilan de igual forma determinadas sustancias, ni los efectos sobre factores como la personalidad y el carácter de cada persona es el mismo. Hay muchas variables físicas y psíquicas que alterarían el resultado del efecto de la misma cantidad de droga en una u otra persona; por ejemplo, el peso, el género (hay estudios que demuestran que el alcohol hace más efecto en las mujeres que en los hombres, aunque en la realidad todos conozcamos algún caso que cuestione estos estudios), una personalidad depresiva, y algunos más.

Mis primeros recuerdos en los que aparece alguna droga en mi vida son a los ocho años. En las Nochebuenas en familia. Me acuerdo de los puntillos que cogía con la Sidra Champán el Gaitero, famosa en el mundo entero, y no es que me acuerde, es que lo tengo en imágenes que añado a esta página. Me daban la sidra sin ningún cargo de conciencia, pero no era la única ocasión, también recuerdo de irme un año con mis tíos en Huelva, a una “chabola” de carrizo que tenían en la playa, y mi tía nos daba a mis primos y a mí a media mañana de julio o agosto, un vaso de vino tinto, de los de cuarto de litro, con una yema de huevo, y también me acuerdo de las arcadas. Después de semejante aperitivo teníamos marcha para todo el día, y calor ¡ni os cuento!. Y anunciaban en la tele Quina Sª Catalina, vino quinado “apto” y “recomendable” para que a los niños de antes se nos abriera el apetito. Ahora se explicará mejor el episodio de los ocho meses sin permiso de conducir.

Como ha cambiado el mundo, pero continúo, lo siguiente fue el tabaco, porque como ya he dicho en otra entrega, era “cosa de hombres”, sino fumabas te arriesgabas a la marginación, los críos de entonces éramos muy cabrones, y o te integrabas o te arriesgabas al escarnio público, y sobre todo nadie te advertía de lo malo que era esta droga. Me acuerdo especialmente de mi primer puro, recuerdo que me llevé al colegio dos de alguna boda que estaban por mi casa. Rondaba los catorce años, y en una clase de gimnasia, de la que estaba exento por cojo, mi compañero de pupitre y yo nos buscamos un sitio discreto y nos dispusimos a dar cuenta de aquellos puros. Nos tragábamos el humo y poníamos caras de machotes, y en un momento dado, Dueñas, que así se llamaba mi compi, se quedó lívido y callado, yo llevaba un rato que ya no me estaba bueno e iba dilatando cada vez más el tiempo entre calada y calada, de repente sale corriendo derecho al WC, al que no pudo llegar, por su boca salieron “Allien” de todo tipo, parece ser que se puso como un cerdo comiendo. Yo cuando vi aquello, lo primero que hice fue tirar el puro, que nunca más me llamó la atención.

Llevo fumando treinta y cuatro años, y tengo muy claro que el “tabaco” es una de las drogas más adictivas y dañinas que existen, y la relación daño/placer que ofrece no compensa en absoluto. Y además considero por lo que a mí respecta de muy difícil desintoxicación y deshabituación, pues aunque eres consciente del daño, este no se percibe inminente ni lo suficientemente grave a corto plazo, por lo que las medidas para cortar las vas demorando indefinidamente, aparte de que envidies a quién ha tenido el valor de eliminar esta droga de su “dieta”.

El cannabis, marihuana, chocolate, y algunas acepciones más sirven para llamar a esta “santa” droga que es el “tetrahidrocanabinol”, aunque mucha gente piense que son cosas distintas la marihuana y el hachís u otros derivados como el aceite de cannabis, en realidad el principio activo es el mismo, el THC. Existe una gran controversia sobre si es buena o mala. Yo que la llevo consumiendo de forma habitual desde hace treinta y un años puedo hablar con cierto conocimiento de causa. Aunque antes quiero dejar bien claro que conozco a mucha gente que empezó a fumar cuando yo, y muchos de ellos lo dejaron porque no les iba bien; se deprimían, se volvían apáticos, o simplemente les daba por vomitar. Tengo que decir que antes de probar mi primer porro, ya me había documentado con material de la época, principalmente el “ajoblanco” revista libertaria que desconozco si se sigue publicando.

A mí particularmente nunca me ha sentado mal, y me habré fumado lo que no está en los escritos, lo que no me ha impedido cumplir en mi trabajo como el que más, ni tampoco me ha impedido relacionarme con el resto del mundo. Todo lo contrario, porque aunque yo soy de natural tímido, gracias a esta sustancia he conocido mucha y casi siempre buena gente; por establecer alguna similitud grupal, los fumadores habituales de cannabis hoy, seríamos algo así como ser del Atlético de Madrid, con cierto orgullo de clase y el aliciente del haber vuelto a las cavernas de la clandestinidad, después de la época dorada cuando el “Tierno Profesor” hacía apología del porro siendo Alcalde de Madrid.

Otros van más allá y son capaces de decir cosas como estas: Los posibles usos terapéuticos incluyen analgesia, disminución de la presión intraocular, efecto antiemético en vómitos inducidos por quimioterapia antineoplásica, propiedades relajantes musculares en esclerosis múltiple, traumatismos medulares y alteraciones del movimiento. Además, algunos informes recientes indican otros posibles usos de estas sustancias como neuroprotectores (en modelos animales de enfermedades neurodegenerativas e isquemia cerebral), antiasmáticos y anticonvulsivos.

En cualquier caso el mayor defecto que le encuentro, es que hay que mezclarlo con tabaco, con el consiguiente perjuicio para la salud, y que para disponer de ella, o conoces a alguien que conoce a alguien, o te tienes que adentrar en los ambientes, o la crías tú mismo, opción más barata y de más garantías, siempre y cuando no se te vaya la mano y conviertas tu patio o terraza en una selva. En cualquier caso, tanto con esta como con el resto de sustancias legales e ilegales, el abuso siempre es malo, hay que conocer la medida de cada uno.

La siguiente que probé fue la anfetamina, maxibamato, centramina, bustaid, eran algunas marcas de anfetaminas de venta legal en las farmacias, pero la “creme de la creme” era la “dexedrina spansul” de 15 mg. Tenían lo bueno de la cocaína pero sin la capacidad adictiva de esta última, y digo esto por varias razones:

Eran de muy fácil acceso por precio y porque te las daban muy a menudo sin receta, con solo decir que era para tu madre. Se prescribían para el adelgazamiento puesto que inhibían el apetito, aunque en el caso de la dexedrina se utilizaba paradogicamente para tratar la hiperactividad en los niños; pero pese a esta facilidad solo las consumíamos los fines de semana, y además se socializaba el envase, y el cuerpo no te pedía más al día siguiente, y si tenías en tu casa no te daba por comértelas así por las buenas, salvo que tuvieras exámenes y hubiera que pasar la noche en vela estudiando. Yo eso nunca lo hice, lo de quitarme sueño para estudiar.

Otra sustancia que igualmente probé fue el LSD, ácido lisérgico, que en su día aprendí que se extraía del cornezuelo del centeno, ya ves que tontería. Y aunque he pasado ratos de mucha risa, muchos colores y muchas luces, no controlaba tanto lo que salía por mi boca, y me refiero a las palabras, ni al día siguiente me acordaba de forma precisa de las tonterías dichas, lo que me producía cierto desasosiego. El caso es que si tocaba, participaba pero sin mucho entusiasmo, además al ser dosis tan minúsculas te podían vender cualquier cosa, incluso un moco pegado con dos capas de celo como me pasó en cierta ocasión. Nada de capacidad adictiva, y si probables consecuencias de “pérdida de olla” si se abusa de su consumo.

Otra vez, y debido a mi insaciable curiosidad, en el Interviú venía un reportaje sobre medicamentos de farmacia con aplicaciones alucinógenas, y yo me quedé con un nombre, “tilitrate”, que no me acuerdo para qué coño se prescribía, solo recuerdo que había que echar en la bebida 3 o 4 gotas. El caso es que nos juntamos en mi piso un conocido que vino con una “moderna” que acababa de encontrar. Yo como buen anfitrión saqué el bote de tilitrate y nos echamos la dosis indicada en sendos cubalibres, pero al acabarse los primeros vasos, la colega moderna se ofreció a reponer bebidas, y cuando nos las habíamos acabado confesó haber vaciado el frasco en los cubalibres, una gracia de la niña. Como aquello empezó a hacer un mal efecto, ellos se fueron y creo que no les volví a ver. Yo me fui a la cama con muy mal cuerpo, cuando a las doce de la noche me desperté sobresaltado con las voces de mi vecino Camilo.

Resulta que me estaba poniendo verde por su ventana del patio interior de vecinos, voceando cosas tales como “en ese piso no hay más que putas, drogadictos y maricones”, “voy a llamar a la policía”, y otras así. Con el cuerpo rondeño que tenía, lo último que me podría apetecer era que me montaran un pollo de tal calibre, y con público, y a esas horas. Después de eso me tiré toda la noche dándole vueltas, al por qué de ese numerito, y a la taza del váter. Al día siguiente, una de sus hijas hermana de la del cuadro “mi vecina”, me confesó que una compañera de su madre le había dicho que mi piso era “la Sodoma de Linares” o algo parecido. ¡Cuánta ignorancia!

La siguiente que apareció en mi vida fue la “cocaína”, la peor por ser la mejor, y me explico:

Es la droga que mejor te hace sentir, te hace más locuaz, más rápido de reflejos, más resistente físicamente, más seguro de ti mismo, en definitiva: ¡Te engaña!, y lo peor de todo es que se corre el peligro de “dejarse engañar” de forma voluntaria. Hoy en día es más fácil encontrar cocaína que cualquier otra droga. Cuando no la consumes piensas en ella y eso es malo, independientemente del nivel de adulteración que suele tener. Produce insomnio que cuando estás de fiesta está bien, pero cuando la fiesta se acaba tu quieres seguir y seguir.

Le reconozco algunas virtudes como la de facilitar enormemente, en mi caso por lo menos, la comunicación no ya con la gente habitual, sino con cualquier persona, lo que está bien si al día siguiente no te arrepientes de haberte sincerado con quién no correspondía. Hay gente que dice que controla, yo tengo mis dudas, es muy peligrosa por adictiva y porque mientras hay material te sigues “azufrando las narices” aunque sepas que ya no te hace nada, que no “te sube”.

Ocasionalmente, insisto, se puede “llevar”, pero se necesita un “pepito grillo” a tu lado para recordártelo. De haberla conocido al principio temo que podría haberme arrastrado con sus falsos encantos.

Y para terminar este capítulo lo haré con las “pastis” estas que se estilan ahora, el éxtasis, o también el MDMA, que las he probado muy poco, quizás porque me ha pillado viejo, o porque no traen “prospecto”, el caso es que no me resultan atractivas, a lo mejor es porque las comparo con las anfetaminas de aquellos años 80 y “no hay color”.

En resumen, todos somos muy libres de envenenar nuestro cuerpo con lo que nos venga en gana, sin salpicar. Yo lo único que he intentado es compartir mi experiencia que, aunque está trufada con muchísimos más detalles con los que se podría realizar otro blog, puede que a alguien le sirva de algo. Las drogas se pueden utilizar, lo que no puede ser es que sean ellas las que te dominen. Hay que relativizar su peligro, pero también sus virtudes.

Pasado mañana más.

lunes, 16 de abril de 2007

Luego vinieron algunas (pocas) exposiciones más, principalmente colectivas, e invitaciones a participar en multitud de certámenes de pintura, por lo que debo de figurar en alguna “guía” de artistas o algo parecido. Lo que sí me quedó claro es que el pan y lo demás lo seguiría pagando con el dinero que el banco me pagaba por mi trabajo. Y aunque esta faceta artística la tenga relativamente aparcada, lo cierto es que muy de vez en cuando me da por hacer alguna cosilla. Al contrario que lo de montar en bici, como en este caso nunca aprendí, nunca se me olvidará.

Ahora voy a relatar otra vivencia aparentemente negativa pero circunstancialmente crucial en la conformación de mi destino tal como es hoy. Empezaba el otoño del año 1989 y esa mañana estaba en funciones de responsable de mi oficina. Una de las obligaciones de un responsable de oficina bancaria es la de salir con los clientes al bar. En una de esas salidas cerca de mediodía nos liamos de cervezas (varias), y de las cervezas pasamos a los postres con las copitas correspondientes, acompañado de mucho “palique” y partiditas de billar o dardos, según se terciaba. Así que entre unas cosas y otras, llegó la hora de irme a realizar la llamada que todas las tardes a la misma hora, las cinco, hacía a Consuelo, mi novia de Madrid; Como ejercicio de memoria, os recuerdo que entonces no usábamos móviles.

Alegre y contento me monto en mi coche y regreso a Tomelloso como todos los días. Al entrar en Tomelloso, en la curva de las “Casas Baratas”, también conocido como Barrio del Carmen, el coche hizo un trompo, se salió de la calzada a los paseos, y parece ser (yo no lo vi), que le rocé ligeramente al coche aparcado de una maestra del colegio que se encuentra frente a este barrio. Y digo que no lo vi, porque si lo hubiera visto le hubiera puesto el “papelito” y no habría pasado de ahí. Pero parece que el destino quería novelar un poco este desafortunado e intrascendente (en principio) accidente. Unos chavales que se encontraban en el patio del colegio observaron con la suficiente atención el hecho, y dieron cuentas con pelos y matrícula a la profesora afectada, quién con la normal diligencia denunció los hechos a la autoridad competente, quién a su vez e igual de diligentes, se personaron en mi casa para interesarse por el asunto. Yo nervioso por lo ocurrido pero todavía “alegre y contento”, y seguro de no haber perjudicado a nadie, les abrí la puerta y contesté a sus preguntas sin preocupación alguna. Me pidieron amablemente que les acompañara, accedí sin problemas; Una vez en el Ayuntamiento me llevaron al cuartucho de los interrogatorios, yo seguía contento, pero estaba empezando a darme un poquito de “mal rollo”. Me invitan a realizar la prueba del alcohol, accedo igualmente, pero les advierto que para quitarme el susto una vez llegado a casa me he tomado un “copón” de coñac. Por fin soplo por el “pesa mostos”, el máximo permitido de aquella época eran 0,80 mgr/litro de sangre, mi resultado 2,1, Lo inmediato después es leerme directamente mis derechos (como en las películas), incluida la parte de “tiene derecho a un abogado…”.

Llegados a este punto, os imaginaréis que ya no estaba tan contento y alegre como hacía un ratito. Es verdad, se me lió una llantina como hacía tiempo no tenía, mientras entre sollozos pedía, que si un abogado de oficio, que si realizar una llamada, y esas cosas que se hacen en estos trances.

Fueron seis horas verdaderamente desagradables, hasta que me bajó el grado a valores legales, mientras tanto era mi amigo Luismi el encargado de asistirme y apoyarme moral y físicamente en este marrón.

Tras dos años de proceso, las consecuencias civiles y penales de todo esto fueron: ocho meses de retirada del permiso, multa de ciento cincuenta mil pesetas, más otras tantas para mi abogado, a lo que tenemos que sumar el dinero que me reclamó mi seguro por las reparaciones. Una lección que a pesar de todo no considero “cara”, y eso que me vi forzado a vender el piso de Tomelloso y a comprarme un “caserón”, viejo pero grande y con corral, en Argamasilla, pues ni podría pagar un taxi a diario, ni tenía otra alternativa como no fuera la del paseíto de ocho kilómetros para ir o para volver andando, que también fue que no.

Las consecuencias vitales, principalmente el haber conocido a mi mujer y tener con ella dos “argamasilleretes” que son lo mejor que me ha pasado en la vida; además de incorporar a nuevos amigos y el disfrutar de la tranquilidad y la comodidad que supone vivir en el pueblo de mi abuela, de momento.

No me arrepiento de lo malo vivido, aparte del aprendizaje que siempre supone una mala experiencia, nunca se sabe que hay detrás de cada puerta que se nos abre. Es un poco como decía Groucho en una de sus inteligentísimas frases “Si un día te sientes inútil y deprimido… ¡recuerda que fuiste el espermatozoide más veloz de todos!”. Hay que “positivizar” nuestra vida, como también decía aquél entrenador “siempre positivos, nunca negativos”, además está demostrado que esa postura ante la vida es muy saludable.

Por hoy es suficiente, tengo a “la musa de los recuerdos” un poco ausente y algunas tareas que conciliar. Mañana o pasado, más.

viernes, 13 de abril de 2007

Hoy, que empieza un como siempre corto fin de semana, me ha dado por ejercer un poco de “filósofo de cocinilla”, y me ha dado por pensar en lo que las pequeñas cosas aparentemente intrascendentes, influyen en la vida de las personas. Y en mi caso a modo de ejemplo, la tarjeta Visa. Es cierto, yo tengo visa casi desde que existe en este país, cuando ni siquiera ni la empresa para la que trabajo, el entonces Banco Central a secas, la tenía para sus clientes, ni ninguna otra entidad salvo el B. Bilbao, también a secas, que tuvo a bien el concedérmela con un límite de crédito de 25.000 de las extintas pesetas del año 1982. Desde entonces las tarjetas han sido para mí como otro elemento más de mi equipamiento cotidiano.

Pero a lo que íbamos, no se trataba del crédito en sí mismo, palabra importante en la vida de casi todo el mundo, yo en aquella época conocía de años y de primera mano su significado, sus consecuencias y sobre todo la de posibilidades que se te abren si tienes acceso a él. Pero en este caso se trataba de “la tarjeta”. Como casi siempre, en esos años me costaba llegar a “mediados” de mes e iba siempre por delante de mi tiempo en lo referido a “la pela”, y a lo mejor en alguna otra cosa también pero ahora no me acuerdo. De lo que si me acuerdo es que empezaba el verano, y yo las vacaciones las cogía en “entretiempo” por cuestiones de antigüedad en la empresa. Llevaba viviendo con mi primera pareja (acordaros del ratoncillo), y la pasión del “a todas horas” decaía a lo que el intenso calor ambiental también contribuía, y me daba ciertos remordimientos el dejar pasar todo el tiempo libre del que disponía por las tardes oyendo música o dándole literalmente a la cabeza.

Lo de darle a la cabeza es una costumbre adquirida a la edad de seis meses, tumbado en la cama de un lado al otro de una forma continuada, con eso conseguía dormirme según me cuentan mis progenitores, ahora me sirve para pensar, soñar, o simplemente relajarme. Podría tirarme horas, de hecho recuerdo de alguna de mis estancias en los hospitales cuando me he tirado tumbado en cama con escayolas, se me pasaba el tiempo volando, el inconveniente y no para mí, era que las personas que había a mi alrededor o se daban la vuelta (enfermos) o directamente se salían (familiares) para no marearse.

Volvemos a la historia de la Visa, como decía andaba yo con mis remordimientos vitales al caer una de esas tardes meseteñas dónde el sol permanece largas horas en el asfalto tras el ocaso, cuando paseando me fijé en una galería de arte recién abierta. Me llamó la atención que anunciaban una exposición de Miró, aunque no era ese el objeto principal de mi curiosidad, fue más como un impulso de esos que hay en la vida en que lo ves claro. Así que pasé, me compré dos libritos: “Así se pinta al óleo” y “Así se dibuja al carboncillo” del mismo autor J.M. Parramón, así como todo el material necesario, pinturas, lienzos, caballete, aceites, pinceles de todos los tamaños y calidades, carboncillos, en fin de todo lo que me quiso vender el dueño; Lo recuerdo como una especie de orgía consumista para pobres, de las que he tenido varias, que yo pagué como estáis adivinando con la Visa, que fue el factor determinante ya que de no haber visto la pegatina de la misma en la puerta, me hubiera reprimido el impulso y se hubiera acabado perdiendo.

El caso es que ya fuera por el impulso o por las diez mil pesetas que me gasté decidí que a partir de ese momento mi vida cambiaría radicalmente, me haría artista. Yo ya tenía una serie de amigos que pintaban y muy bien, incluso algunos vendían, Andrés Cobo, Pepe Carretero, Andrés Moya llegaron más lejos, Manuel Buendía o Jesús Huertas no se lo tomaron tan a pecho. El caso es que yo también quería ser pintor y estaba decidido. Estudiaba los libros y realizaba lo que en ellos ponía intentando aplacar mi impaciencia por abordar un lienzo “en serio”, hacía pruebas en cuartillas o tablas y no estaba descontento del todo con lo que me salía.

Después de una semana pinté mi primer lienzo, una perspectiva de la carretera que veía desde una ventana del piso, eso sí sencillita y sin los camiones y los coches que a diario la atestaban. Mi pareja, que me idolatraba, no me valía como crítica, aunque al resto de amiguetes también parecía gustarles. He puesto en el blog fotos del segundo y tercer cuadros, “La Bailarina” de 1983 y “Mi vecina”. A partir de ahí me dio “de recio” y no había otra cosa que pintar y perfeccionar mi arte. Cuando al poco tiempo me vine a Tomelloso me apunté en la Escuela de Artes recién abierta, precisamente ese año inauguró el curso D. Antonio López Torres, y en la que el profesorado en especial “Kirico” me animaron a seguir, ofreciéndome consejos y amistad. En cualquier caso en la escuela duré un trimestre, porque como soy tan “bacín” que, para los ajenos, quiere decir que me ha gustado meterme en todos los “fregaos” fueran conmigo o no, me presenté/me presentaron para el “Consejo Escolar” como delegado de curso y entre eso y que además había asignaturas como matemáticas, historia, geografía, ética, etc, no estando en mis planes refrescar mis conocimientos en esas materias y que además me examinaran por ello, decidí reforzar mi futura leyenda de pintor autodidacta.

Existía un clima muy propicio para las artes y la cultura en aquellos tiempos, en los que éramos una especie de esponjas que acudíamos a todos los eventos e íbamos a todas las exposiciones, y te gustaran o no había que decir que sí. Aunque yo desde que unos cinco o seis años antes fui a ver la película “Gritos y Susurros” de Ingmar Bergman, película a la que asistimos los amigos con unas expectativas del copón y de la que salimos, yo aburrido, decepcionado y sobre todo confuso sobre lo que tendría que opinar en público al salir, he tardado mucho en asumir en público mi criterio sin complejos. Algunos decían cosas como que “esta película hay que verla varias veces para entenderla”, a lo mejor por eso no la entiendo todavía, o a lo mejor era/soy tonto, ¡vaya usted a saber!.

También solíamos organizar excursiones a la feria de arte “ARCO”, que para mi resultó como un bálsamo, pues comprobar cómo un lienzo de tela de tres metros cuadrados pintados con un gris uniforme, o marrón igualmente uniforme por todo el lienzo y sin más colores, figuras o siquiera un pegote o una cagada de mosca pegado encima, se pudieran vender por cuatrocientas mil pesetas cada uno, era para quitarle los complejos a cualquiera. Aunque motivador también era el trato que se percibía en la gente, más y más con las chicas, cuando alguien te presentaba como pintor, hasta te lo creías y todo.

Estas cosas y el disponer de un espacio bastante amplio para poder pintar me animaron a ampliar el formato de mis cuadros, así que compraba los lienzos más grandes que me podían proporcionar en la “droguería” y que medían dos metros, por uno y medio; la temática era variada, alternando paisajes, abstracciones, figuras, signos, monstruos, lo que se me ocurriera, ya fuera “sobrio”, “fumado”, “tripioso”, o como se terciara, pero siempre grandes.

Como para ser pintor de forma oficial hay que hacer una exposición individual, y enseñarlos en el patio de mi casa no era precisamente a lo que me refiero, decidí que haría no una exposición, sino una “gran exposición”, porque en mis delirios oníricos me veía como un gran pintor, reconocido y admirado por el “mundo mundial”, y con un añadido colateral “harto de ligar”, luego fue que no, aunque este dato es irrelevante.

El caso es que decidido a realizar la Gran Exposición, lo primero que tenía que tener eran los cuadros, que ya estaban, lo segundo un catálogo decente. Y para este paso como no podía ser de otra manera, un reportaje fotográfico profesional, ¡una pasta!. Una vez conseguido el catálogo decidí que el mejor sitio para este evento tendría que ser el flamante y de reciente inauguración, Museo López Torres, cuyos permisos debía conseguir de la autoridad competente, el Ayuntamiento, a cuyo gobierno tenía unos meses antes como alcalde a mi padre. Supongo que eso era un hándicap por detalles que cuando venga a cuento contaré en esta retahíla también llamada blog. Me entrevisté con el concejal de cultura responsable a quién le entregué el catálogo para su examen. Unos días después me volví a encontrar con él quién tras alabar mi obra me comunicó la buena noticia de que podría hacer la exposición, pero no en el museo sino en la casa de la cultura. Motivos, falta de currículo. Ni que decir tiene que para aquél “Picasso” en ciernes eso no eran motivos sino excusas, y no estaba dispuesto a exponer en una segunda planta sin escaleras, tan triste y poco singular.

No solo esto no fue un obstáculo sino que me llenó de determinación, mi orgullo fue el verdadero motor a partir de entonces, y si en “mi pueblo” no tenía el apoyo que yo decidí que tenía que recibir, haría que con el tiempo fueran ellos los que me buscaran, con lo que me agarré el periódico ese mismo día y diseñé una ruta de galerías de arte de Madrid, todas en el barrio de Salamanca, y una semana después estaba pateándome la calle Jorge Juan y alrededores y entrando a pecho descubierto con mi álbum de fotos, como un “aquí estoy yo porque yo lo valgo”. Galerías como Juana de Aizpuru, Fúcares, Aele, Helga de Alvear, y otras cuantas que no recuerdo sus nombres; en algunas se tomaban la molestia de ver las fotografías, e incluso de darme ánimos, en otras pasaban directamente, o no estaba el jefe. Me vine para mi casa replanteándome la situación, pero sin rendirme. Unos días más tarde, creo recordar que mi amigo Josevi me proporcionó un recorte de periódico con un anuncio de una galería de arte que buscaba artistas. No me lo podía creer, me pedí un día y me fui a Madrid y pese a que tuve un accidente con el coche a la entrada de Madrid que encareció de manera importante el presupuesto de la exposición, conseguí llegar a la Galería “Torres Begué” en tiempo a la entrevista con la “galerista”, señorona con mas aires de madame que de galerista.

Como yo tampoco tenía demasiadas opciones, solo esta para ser claros, no me importaron demasiado las condiciones, ochenta mil pesetas fijas, mas veinte mil del cóctel, mas el treinta por ciento de las ventas, a lo que tendría que sumar otras doscientas mil de marcos, y otras cien mil del camión de mudanzas que tuvo que trasportar mis grandes obras, sin contar ropa para la inauguración, copas con los amigos,…

Una vez formalizado el contrato lo que quedaba era anunciar al mundo el nacimiento de un gran valor de la pintura que tendría que ser yo, así que me puse en la tarea, me hice un mailing con varios tipos de carta invitación, dependiendo de a quién fueran dirigidas, a embajadas, periodistas, famosos, amigos o familiares, mientras que autoridades como a Felipe González, el Rey, José Bono o al presidente de mi empresa Alfonso Escámez les escribí personalmente, e incluso hablé por teléfono con el mismísimo D. Antonio López García, insigne y querido paisano, quién me llegó a decir que me haría alguna recomendación cuando se pasara por la galería. Por lo que entre esta promesa y la del Sr., Escámez que aún conservo anunciándome su visita, me tiré los quince días de la exposición mañana y tarde, esperando que entraran por la puerta en cualquier momento. También fue que no.

Para acompañar las invitaciones edité de imprenta (otros diez mil duros) un díptico con la “Bailarina” de portada y una bonita presentación firmada por un tal Ralph Keynes, al que supuestamente conocí en Linares, en uno de sus muchos viajes por el mundo

Lo mejor de todo, y a modo de conclusión de esta entrega, que el día de la inauguración, y pese a que el cóctel que preparaba la galería era un mierda que tuve que arreglar sobre la marcha comprando de mi bolsillo unas botellas de Jhonnie Walker, asistió un montón de gente entre familia, amigos míos y de mis padres, compañeros de mi novia de entonces y un par de amigas de la “galerista” avisadas por esta en cuanto cambiamos la bebida, cerrando esa misma tarde la venta de dos óleos y dos acuarelas de mediano formato (100 por 70 cms) por un total de cuatrocientas mil pesetas. Me sentí un auténtico pintor recibiendo encantadoras críticas y alabanzas, aunque la que con más cariño recuerdo es la de D. Eladio Cabañero, que refiriéndose a una cartulina de 100 por 70 que realicé poco menos que en "éxtasis" de alcohol y alguna que otra sustancia, se refería a ella como una especie de poesía plástica y otros adjetivos por el estilo. Por supuesto no le confesé, por pudor, en que estado tan sublime realicé mi obra. Cuando todo se acabó nos dirigimos a los coches, y cual sería mi estado durante esa tarde, que me había dejado el coche aparcado, cerrado, con las llaves puestas y en marcha, en plena calle Odonell y durante mas de tres horas.

Ya está bien por hoy que me pongo "mu cansino".

martes, 10 de abril de 2007

He empezado la semana fuerte, pero voy a dejar algo, ya que los próximos dos días tampoco podré.

Lo dejamos la última entrega tras contaros algunas anécdotas pseudo sexuales, y me viene a la memoria otra historieta por el estilo. Carmen, creo que se llamaba, espigada y moderna maestra llegada a Tomelloso, y que por aquellos días estaba de “novieta” del “Pájaro”, se encontraba en un garito dónde acudíamos la peña con un puntito de alcohol cariñoso, me sacó a bailar lento, sería mi segunda o tercera vez (que bailaba lento), y yo la notaba demasiado cariñosa teniendo en cuenta su relación, por lo que yo, muy respetuoso con los amigos, eludía esas muestras de “cariño”, e incluso creo recordar que ponía los brazos de parapeto como las “estrechas”. La cosa quedó ahí de momento, ella se dio por vencida y yo un poco-bastante confuso. Hay que tener en cuenta que yo todavía era virgen, y Carmen me daba muchísimo morbo y protagonizaba bastantes episodios de “mi vida interior”. Un par de horas más tarde, ya por la noche, volvimos a coincidir en la discoteca Kikes, pero, aunque seguía igual o más cariñosa que antes, no era conmigo sino con el amigo Buendía, algo menos escrupuloso que yo con el tema de las novias de los amigos, el caso es que ellos estaban liados a “brazo partido” a mi lado, y yo repitiéndome a mí mismo cuarenta mil veces lo gilipollas que acababa de ser, por lo que ni corto ni perezoso, empiezo a acariciarle la pierna a la “susodicha”, ascendiendo lentamente a terrenos más cálidos, si bien nunca llegaba a quemarme porque cuando a ella le daba por echar cuentas y no le cuadraban las manos que la sobaban, me recriminaba lo justo para avergonzarme, aunque no lo suficiente para que no lo volviera a intentar de nuevo hasta que directamente se fueron a “asorratarse” en su pasión. Una pena que en aquellos tiempos no estuvieran de moda los tríos.

Qué tiempos aquellos, cuanto nos queríamos y que bien estábamos todos juntos, menos cuando había que follar, que para eso todos eran, y luego yo también, muy nuestros. Eran tiempos en que las “anfetas” te las vendían en la farmacia casi sin receta ni mirarte como a un “excluido social”, estaban peor vistos los “porros”, pero el caso es que a la “peña” nos gustaba todo lo que la vida nos ofrecía en esos momentos. Las anfetas que por veinte duros te daban un bote de 60 “bustaid” o por un poco más 24 dexedrinas de 15 mgs nos proporcionaros momentos de verdadera “catarsis”. Como aquel sábado por la noche en el pub del “Gurus”, hoy creo que es “la bici”, en el que empezamos proponiendo que a raíz del “pelao” tan radical de Luismi, icono del “rojerío acratoso” que conformábamos, y que lo hacía parecer “persona” debíamos hacer algo al día siguiente domingo, alguien propuso que nos vistiéramos todos con trajes y nos paseáramos por la calle D. Víctor, pero acto seguido otro perfeccionó la propuesta, montaríamos una boda en toda regla. El novio ya lo teníamos, Luismi, en seguida designamos novia a “La Yayes”, la madrina Inmaculada y el padrino yo mismo. La cosa quedó así y a la mañana siguiente me emperifollo con mi traje y mi corbata, me monto en mi vespino y me voy a por el novio que todavía estaba en la cama. Le prepara su madre un traje sin acabar de creerse lo de la boda, me lo monto en mi vespino y lo llevo al lugar de encuentro, “La Polvera”, residencia de verano de Luismi que en invierno servía para que fueran “follandillo” las parejitas. La gente empezó a llegar debidamente maqueadas para una boda, dispusimos de tres o cuatro coches para el desfile nupcial con su correspondiente atalaje de lacitos y flores gracias al amigo Félix que en eso se daba mucha maña, como en la preparación del correspondiente ramo de la novia y nos encaminamos para la plaza. Nos acabamos juntando unas cuarenta personas, buscamos un fotógrafo de los de antes que nos hizo la correspondiente foto en blanco y negro con los bordes dentados, se ofició (no recuerdo quién) ceremonia en el “poyete” del juzgado (que estaba cerrado), y nos dirigimos en protocolario desfile hacia el bar de “La Bandola” para el correspondiente “lunch”, y luego al bar “Penalti” a comernos una tarta y bebernos unas botellas de cava. El pueblo llano acabó creyendo que aquél “apóstol” del amor libre, el anarquismo y las drogas, se había casado con la “Yayes” la hija de “Gachas”, en fin un alucine “que lo flipas”, como se diría ahora.

Lo dejo por hoy, y espero que el viernes pueda meter otro poquito de rollete.

martes, 3 de abril de 2007

blog migrado desde blog.myspace.com/renkeante

El monólogo

Queda Inaugurado este, Mi Blog

A estas horas, y a palo seco, es lo mas ocurrente que me ha venido para comenzar esta "aventura".
Llevaba mucho tiempo planteándome el plasmar mi versión de mis recuerdos en algún soporte más sólido y tangible que este, pero como tiene la gran ventaja de la inmediatez y cierto grado de anonimato, me he decidido, y voy a empezar por publicar unas doce páginas que comencé a escribir en enero del 2006 atascándome porque no me decidía a seguir un relato cronológico, o mezclarlo con episodios e distintas épocas conforme vinieran a cuento, y así llevo mas de un año.
¡Es que soy muuu Bribón!
Bueno si alguien lo lee y lo tiene a bien, ruego se me aconseje, se me critique o se me alabe (esto último sin escatimar), según sea del gusto del lector, gracias anticipadas.

EL MONOLOGO

En principio, esa es la forma que le quiero dar a esta historia, que también es la historia de mi vida, eso sí, contada de una forma principalmente divertida, que haga reír a quién la lea, porque para hacernos llorar ya están los informativos que todos los días nos estampan en la cara la cruda realidad de la "puta vida".

Soy una persona en proceso de madurez constante, y no lo digo por darme pisto, sino precisamente por todo lo contrario, ya que este proceso en mí y en el resto del mundo es el permanente, ya que si lo alcanzas, como en el caso de la fruta, quiere decir que estas a un pasito de iniciar tu proceso de podredumbre.

De mi madre heredé su pragmatismo y su positivismo, su manera de hacernos ver la botella medio llena, la manera de tratar en las relaciones personales a todo el mundo como un igual. Y de mi padre he heredado su espíritu soñador, el no perder la esperanza de mejorar, la capacidad para valorarme, la puntualidad obsesiva y la "terquería" que es algo distinto que la tozudez o la perseverancia.

Aunque esto último estaría mejor dicho que lo heredé de mi abuelo paterno, que entre otras hazañas secuestró a mi abuela para que su familia la dejara casarse con él, y que al nacer su primer hijo, mi padre, mi abuela se empeñó en llamarle Pedro en contra del criterio de mi abuelo, hasta tal punto que envió a una persona para registrar a mi padre con el nombre de Pedro, y a mi abuelo no se le ocurrió otra cosa para vengarse, que registrar con el mismo nombre de Pedro a todos los hijos varones que tuvo, salvo al penúltimo que se le pudo adelantar mi abuela y registrarlo con otro nombre, total cinco hijos varones con idéntico nombre en el registro civil, no así en la iglesia que cada uno fue bautizado con nombres distintos. De hecho, mi padre entró a trabajar en un banco aportando una partida de nacimiento de un hermano suyo, ya que a él se le había pasado la edad límite. Todo esto, al igual que el resto de mi relato es totalmente cierto y constatable.

Tengo 47 primaveras, con sus correspondientes 47 resto de estaciones y como se dice en la publicidad dirigida a personas de mi perfil de edad, estoy en lo mejor de mi vida (ja). Nací solo, aunque a diferencia de Gila, mi madre si estaba, la que no llegó al parto fue la comadrona, seguramente por las horas tan intempestivas en las que se me ocurrió nacer, siempre me ha gustado madrugar. Entonces se paría en las casas, en aquellas camas altas con sus colchones de lana, qué riete tú de los de látex en lo que se refiere a adaptarse al cuerpo.

Era el año 1959 en que por lo visto ocurrieron cosas tan importantes en términos históricos como el triunfo la Revolución Cubana, nació el festival de Benidorm, Luís Buñuel ganó en Cannes, nace Astérix, Severo Ochoa ganó el Nóbel y Bahamontes el Tour, Franco inauguró el Valle de los Caídos, se fundó ETA y se constituyó la Cadena Cope (¡vaya año!), entre otras cosas que de momento no vienen al caso. Mi familia era una familia de clase media, con un padre que trabajaba como empleado de banca (de los que usaban manguitos y visera), mi madre era ama de casa como casi todas las madres de entonces y mi hermana tres años mayor que yo. En mi caso, mis padres me confesaron con el tiempo que hubieran preferido una niña, aunque esa confesión afortunadamente no me marcó en absoluto.

Lo que si me marcó fue mi médico de cabecera, persona canosa y afable que en vez de diagnósticos, dictaba sentencias, y en mi caso al poquito de nacer dictó "este niño tendrá problemas…" Dicho y hecho, en poco tiempo una deshidratación de c…., después una mononucleosis y para rematar una poliomielitis que me dejó cojo "pa toa mi puta vida" que decimos en mi primer pueblo, Tomelloso, del que luego hablaré y del traslado, en circunstancias muy curiosas a mi segundo pueblo, Argamasilla de Alba.

Pues lo dicho, que una vez cojo, los primeros recuerdos que tengo son las de mis carreras en "pinete" (artilugio de dos metros con dos barras paralelas de madera y un cajoncillo conmigo dentro, que se desplazaba adelante y atrás por esas barras), o mis carreras gateando con tres o cuatro años, las interminables horas moviendo la cabeza de un lado a otro cuando estoy tumbado (sana y relajante costumbre que mantengo desde que tenía seis meses), y hospitales, de los que en general tengo muy buenos recuerdos. La putada paradójica del tema es que al no ser mi padre "pobre" y la seguridad social funcionaba de forma un poco/bastante mas precaria que hoy, nos fuimos a Madrid de médicos y hospitales privados dónde después de experimentar con mi pierna y sacarle los cuartos a mi padre, no consiguieron otra cosa que ponerme un aparato de metal, que llevé hasta los 14 años, mientras que otros amigos que conocí con los años, fueron a hospitales de beneficencia y casi ni se les nota (para una vez que voy de rico por la vida).

Indudablemente este contratiempo físico me condicionó aunque no me acomplejó ni me amilanó en mis primeros años, pues yo era el que mas juguetes tenía, me gustaba mandar y meterme en todos los "fregaos" y con el aparatejo me apañaba bien para jugar al fútbol o para echar "pedreas" con los chavales de otras "calles", o para hacer el tonto con las muchachas. Como cuando me enamoré por primera vez con 10 años que iba a misa y me sentaba tres filas mas atrás que ella, o al salir la seguía por la acera de enfrente mirándola de reojo y con disimulo, por eso se quedó en platónica esta relación, una pena.

Con cinco años me llevaron a casa de Dª Herminia, que sería lo que hoy es preescolar, pero de aquella época a saber: casa vieja, con patio de tierra, y estufa de caño y dónde las sillas las ponía el alumnado, con cuarto de los ratones y cuarto del orinal, siempre casi lleno y de color amarillo rojizo. Mi primera muestra la hice en la parte de atrás de un albarán y era de la "a", y l instrucción verbal de Dª Herminia "haz un redondo y un palito doblao; así tengo la letra desde entonces, que estuve un montón de años diciendo que quería ser médico, y la gente pensaba que era porque estaba de hospitales a menudo. Al año siguiente me llevaron a un colegio de curas, otra vez porque el status de mi padre y las becas del banco permitían llevarme a un colegio de ¿élite?. De élite no sé pero de disciplina victoriana ni en Harry Potter., con internado incluido y con curas con sotana de cuerpo entero. El primer día lo recuerdo como si fuera ayer, me senté con el que hoy controla el negocio del ocio en Tomelloso (lo que son las cosas), y como no tenía la enciclopedia Álvarez, compartimos la mía, circunstancia que nos acarreó un par de ostias a cada uno por parte de Fray Abertano (nombre genuino dónde los haya) para que fuéramos aprendiendo, a partir de ahí fue un "no parar" (de recibir ostias se entiende). Por aquel entonces las ostias se daban con "h" y no precisamente muda, aunque otros rizaban el rizo cogiéndote de las orejas o de las patillas y una vez elevado unos centímetros, te soltaban al tiempo que estampaban otro par de ostias antes de llegar al suelo; y siempre estaba omnipresente la palmeta (listón de madera de 1 cm. de grosor y 40 cms de largo, mas o menos), que alguna vez se rompía en acto de servicio y nunca faltaba el "hijo puta" y pelota que le traía otra con la que templarnos las palmas de las manos o los carrillos del culo.

Entonces, no solo había un respeto hacia el profesorado, había un miedo de cojones, y no solo hacia el profesorado sino a cualquiera que te dijera "se lo voy a decir a tu padre" incluida tu madre para quién era una de sus frases favoritas. La figura del padre que entonces tenía el papel de malo malísimo porque era él que se encargaba de mantener la disciplina como a él le habían enseñado, mientras que la madre, como siempre, era con quién te desahogabas, o quién te consolaba lamiéndote las heridas, aunque también utilizaba a menudo la zapatilla que era su arma preferida, aunque no era lo mismo. Hoy muchos años después comprendo a mi padre mejor y no recuerdo tanto el daño físico, que no creo que existiese, como el miedo de sus voces y sus amenazas con llevarnos internos a oscuros colegios o ponernos a trabajar, a mí de albañil y a mi hermana sirviendo. Algunas veces me recuerda algo de todo eso mi manera de hacer en la educación de mis hijos.

El colegio de curas acabó siendo cuna de extremistas, allí cupimos los anarquistas que algunos pretendimos ser, los rojos que hoy forman parte del "star system", los fachas que se empalmaron cuando lo de Tejero, parte del colectivo militante homosexual que primero abandonaron el armario, cuando les decíamos "maricones", y parte grande del empresariado y de de la seudo aristocracia (ricos por tradición familiar) locales, lo que se dice un microcosmos enriquecido con idénticos modelos de los pueblos de la comarca que componían el internado mas los "mediopensionistas" de Argamasilla. Este periodo me aportó varias cosas, empecé a "fumar" porque entonces era de hombres; me inutilizó gravemente en mi relación con el sexo opuesto ya que como era un colegio de chicos, no aprendí a relacionarme con chicas hasta mucho más adelante, como luego contaré con detalle.

Allí nos fuimos agrupando por no se qué afinidades, perdurando una relación de una serie de amigos con los que te vas formando y contagiando de costumbres y gustos, aunque yo que siempre he tenido un carácter muy extrovertido me he relacionado con todos los compañeros que he tenido y conservo siempre un recuerdo al manos cariñoso de todos ellos.

Uno de mis empeños durante muchos años fue apuntarme a la O.J.E. (organización parecida a los Boy Scout pero en falangista, aunque en ese tiempo eso no tenía para mi ninguna connotación). A mi padre no le hacía ni puta gracia, porque su familia había pertenecido a la clase de "los vencidos" en aquel infame levantamiento del año 1936, y habían sufrido una serie de humillaciones y vejaciones por ello que tampoco vienen a cuento. El caso es que mi actividad en aquella organización no pasaba de jugar al ajedrez, pin-pon o billar, o reuniones con los jefes de escuadra, o centuria, que en algunos casos eran mis compañeros de colegio y organizar acampadas. Lo mas curioso es que fue en sus locales dónde el grupo de amigos del colegio, casualmente los rojos y los ácratas, llegamos a realizar varios números de una revista llamada "Iris" en la que saqué algunos artículos en un tono súper ácido, especialmente uno de ellos "Iglesia y Cía. S.A.", por el que le dedicaron una homilía en la misa del domingo a un tal "Pakito cabalga de güevos" que era mi nombre de guerra periodístico. Toda una hazaña.

En aquellos tiempos no había parques deportivos ni nada parecido, estaba la calle, mucho mas tranquila que hoy, las obras (verdaderos escenarios de guerrilla urbana), y las eras, que eran auténticos espacios naturales con su hierba, sus cagarrutas de cabra, sus piedras, pero dónde te lo pasabas "que lo flipas". Incluso cuando acababa el partido, siempre estaba el que ya "le salía" y se tumbaba en la hierba y se hacía su pajica delante de las criaturicas que presenciábamos aquello con expectación y sin malicia ninguna, incluso el sujeto nos comentaba mientras le daba a la zambomba, que en algunas ocasiones por un chicle o un duro, se la había meneado fulanito o menganito (criaturas como nosotros), con la intención de animarnos a alguno pero que no ocurrió, por lo menos en mi presencia.

Entonces los chavales no necesitábamos gran cosa para divertirnos, unos palos, una caja, unas piedras, una obra, una casa vacía. En cierta ocasión, con la pandilla reunida en una obra al lado de una casa cerrada y en la que había muerto hacía poco un señor mayor, se nos ocurrió que podíamos entrar, pero como la única posibilidad para ello era colgarse de una cuerda por un patio interior desde una altura de dos plantas, y todos parecían tener más miedo (sentido común) que yo, pues allí tienes al valiente colgado de una cuerda sujetada por tres chicos de 9 años (como yo), afortunadamente no pasó nada pero me acuerdo.

En otra ocasión nos hicimos con una serie de detonadores de barrenos que encontramos en la granja de un amigo y no se me ocurrió otra cosa que meter uno en una hucha de hojalata del Banco Central con unos papeles y prenderles fuego en el patio de mi casa, mientras yo me quedé a medio metro detrás de la puerta del retrete que teníamos en el mismo patio, cuando aquello explotó y el trozo más grande de la hucha era como mi uña, salió mi madre de la siesta pensando que había explotado la bombona de butano, me encontró en el patio mas pálido que la cera y sin reaccionar. Creo que me castigaron.

En estas edades todo eran episodios típicos, que si riñas entre amigos de toda la vida que después siguen siendo amigos una vez que se han roto ambos sus respectivas gafas, o el amenazar a las muchachas con bajarles las bragas o con tirarles piedras (angelicos), que si escondernos en las casas en obras para hacernos un simulacro de paja comentada por cada uno en su rincón oscuro de la misma, y digo comentada porque el ritual era el siguiente: cada uno se buscaba un rincón se liaba de faena, y como por aquel entonces técnicamente no "éramos productores de leche" , nos limitábamos a aconsejarnos cosas como la de cuanto más apretáramos a nuestra "colilla" (término con cierto encanto infantil que se utilizaba entonces, nada que ver con la contundencia del cipote que echamos un poco tiempo después), mas gusto daba, lo que de verdad daba gusto era dejar de apretar y echar la meada retenida. En fin, éramos primitivos y acusábamos una serie de carencias, principalmente educativas, que ahora, teóricamente, no existen, aunque también hay que decir que pudimos superar aquello sin psicólogos, logopedas, …

Por no haber no había casi ni televisión, aunque en mi caso tengo que decir que mi padre, caprichosote él, compró una tele en 1964, cuando costaban el salario de tres años, y que no se cuantas letras (plazos) estuvo pagando. Era un acontecimiento ver los festivales de Eurovisión con la tele puesta en la puerta de la calle y con medio vecindario con sillas ocupando la acera y parte de la calzada; daba prestigio tener tele, pero era un coñazo tener que sacar la tele casi a la calle durante la mayoría de los días de verano.

Una vez, mientras mis padres se iban a su paseo habitual al caer la noche dejándonos solos a mi hermana y a mí viendo la televisión, se le fue la imagen por algún motivo, y yo que había visto como, cuando se le iba la imagen, retorcían el mando del transformador al que se enchufaba la tele, pues a ya que te voy en plan Shin Shan, a gatas, directo hacia el transformador, agarro el mando con mis deditos y empiezo a darle vueltas para todos lados hasta que se le fue todo signo de vida al jodío televisor. Mi hermana me aterrorizó con las consecuencias cuando llegara mi padre, y a mi no se me ocurrió otra cosa que acostarme y hacerme el dormido, cuando llegaron mis padres y se descubrió el pastel, mi padre rojo de ira me sacó de la cama decidido (o eso creía yo) a que pasara la noche en la cueva (almacén subterráneo, también llamado sótano) que teníamos en casa. Parece ser que no me dejó señales físicas, pero yo me acuerdo, aunque con la perspectiva de los años, comprendo que era un pastón el que estaba pagando todavía por la tele, el arreglo no debió ser barato y yo la verdad, era un poco cabroncete.

Los compuestos de azufre, clorato potásico y azúcar, a los que hoy se les atribuye el título de explosivos, eran elementos que comprábamos con la misma facilidad que unos caramelos o unos cigarrillos sueltos, y estamos hablando de una edad de diez y once años, los manejábamos con una soltura digna del mejor barrenero, aunque nos vimos obligados a manufacturar nuestra propia pirotecnia debido al precio y la mala calidad de los petardos y bombejas que igualmente adquiríamos en la tienda de las chuches. Química aplicada a la vida cotidiana. ¡Éramos muy aplicados!

Un sábado por la tarde, nos fuimos con los chicos de otra calle a echar la tarde en el parque (seguimos en los diez, once años), y como nos debíamos aburrir, alguien se fijó en una muchacha (de igual edad) que pasaba por allí y gritó ¡a por ella!, diez o doce monos corriendo detrás de la pobre muchacha hasta arrinconarla contra la tapia del campo de fútbol, cuando yo llegué (recordamos que ya era cojo y me cundía menos), intente tocar algo, pero no había nada más que manos por todos lados y la chica diciendo ¡todos a la vez no!, no se a que se referiría. El domingo los de mi calle decidimos, poseídos de una sensación tan incómoda como una mala conciencia, que en misa nos confesaríamos debidamente, y para describir el pecado establecimos a modo de consigna, que le diríamos al cura que habíamos realizado actos impuros. Así que nos plantamos en la cola del confesionario ocho chavales de 8 a 10 años dispuestos a ser liberados de nuestra mala conciencia. Todo fue bien, aunque a tenor de lo que le preguntó el cura al mas pequeño de los colegas, imagino que con la lógica curiosidad de que un chico de ocho años le confiese la realización de actos impuros así en abstracto, fue que le explicara que tipo de actos impuros fueron aquellos, aunque Javi, que así se llama el compañero se calló y no pudo contestar. Hoy en día hubiéramos acabado con la ley en la mano en algún correccional o similar. Al final nos absolvieron a todos y nos fuimos a casa tan contentos y tan limpios de alma y con la firme intención de no volver a pecar, y aunque seguro que hemos pecado en estos años de muchas cosas, lo que si es verdad es que creo que a ninguno de los protagonistas de aquel episodio haya repetido alguna experiencia asimilable a la descrita.

Por aquel entonces yo ni sabía lo que era una "paja" y lo de "masturbación" lo aprendí mucho después, estoy hablando de la teoría y de la terminología, porque de la práctica no tuve consciencia hasta los trece años, precisamente en un hospital. Pues como estaba contando, estaba ingresado en el hospital a la espera de una de las trece intervenciones quirúrgicas que me han practicado; y como en estos sitios te visten con la ropa suelta, sin ataduras que te opriman y hay buena temperatura, pues las condiciones parecían paradójicamente óptimas para el morbo. Resulta que una de las camareras que llevaban la comida por las habitaciones me gustaba, no era de extrañar pues era una mujerona de veintitantos, morenaza y bien plantá. Ya había comido y oía por los pasillos acercarse el carrito de las comidas, mi plan era tumbarme en la cama, hacer como que leía y distraídamente marcaba bulto en el pantalón del pijama que tampoco daba margen a la imaginación. Como parecía que tardaba, yo le daba de vez en cuando unos meneillos para que aquello se mantuviera en condiciones optimas de rigidez, cuando cual no sería mi sorpresa, que aquello empieza a escupir, de buenas a primeras, un líquido parecido por su consistencia y color a la leche de almendras (producto de uso muy común en aquel entonces). A todo esto el carrito se oía cada vez mas cerca y yo, una vez superados los primeros momentos de sorpresa y alegría por este suceso tan deseado y tan inoportuno a la vez, y con el sonrojo lógico provocado por la situación, como soy un hombre de recursos me tiré de la cama hacia el cuarto de baño y me puse los pantalones chorreando agua para poder alegar un accidente creíble y menos indigno que la cruda realidad.

A partir de aquí ha sido un no parar, he carecido totalmente de complejos y nunca me he creído del todo las horribles consecuencias con las que nos amenazaban en ámbitos religiosos de la época, nos acarrearía esta práctica onanista. Aún hoy intento mantener esa sana costumbre juvenil, ya que al igual que otros órganos, este debe mantenerse entrenado y activo, y quién mejor que uno mismo para darse ese puntito que te hace poner en plena producción la máquina de producir endorfinas.

En los siguientes días en el hospital, no veía la hora de tener un poco de intimidad para practicar mis ejercicios, además estaba como poseído, hasta tal punto que en una ocasión, en el cuarto de material y dónde se cambiaban las enfermeras cuando acababan su turno, disponía en la puerta de una ventanita a la altura de los ojos y que ellas muy hábilmente habían convertido en opaca al tapizar de esparadrapo la parte de dentro. Yo llevé a cabo un plan diseñado sobre la marcha, y que básicamente consistía en quitar un trozo de esparadrapo en uno de mis paseos con muletas por el pasillo, y luego, sobre las diez de la noche estar al acecho para cuando Asun (pelo castaño, exuberante, maciza, …) se dispusiera a cambiarse. Todo iba saliendo según lo previsto cuando aparece Asun con su bolso del brazo y pasa al cuarto para cambiarse, yo me aproximo cual pantera renqueante, me dispongo para mirar por el hueco del cristal, veo un conjunto de lencería negro que hoy en día ni me llamaría la atención pero que en aquel momento me pareció poco menos que pornográfico. Inmóvil cual podenco señalando la pieza, cuando noto una mano sobre mi hombro como queriendo que le permitiera el paso. No morí de infarto por la edad, pero me creí morir de vergüenza, y con bastones y todo, salí arreando pasillo adelante a una velocidad considerable a esconderme en la habitación de un amigo hasta que se calmó el ambiente. Esa noche, entre la adrenalina por el susto y la adrenalina por la escena lúbrica, cayeron dos.

También hacía deporte en aquellos tiempos, era capaz de tirarme dos largas y aburridas horas haciendo largos en una piscina, con la esperanza de que tanto ejercicio mejorara mi pierna, que aunque no mejoré gran cosa de la pierna sí me proporcionaron una espalda y unos brazos bien musculazos. Luego llegó el puto tabaco y se truncó mi prometedora carrera de paralímpico. Tendría que ser así, o como dicen las viejas "no estaría de Dios".

En el terreno sentimental llamó a mi corazón (¡que cursi!) un nuevo amor (platónico), esta vez fue cuando se "fusionaron" mi colegio con la versión que los curas tenían montada para las chicas. Imagino que por ahorrar costes más que por la sana convivencia entre géneros. Era morena, se había quedado recientemente huérfana de padre y vestía de riguroso luto que le daba cierto encanto añadido, pero ese año tocaba operación quirúrgica y cuando regresé la estaba pretendiendo un amiguete de mi pandilla con lo que me lo tuve que comer solito sin poder comentarlo con nadie con lo dicharachero que yo soy.

Aunque durante el tiempo en que estuve hospitalizado me saqué una pasta en las timbas de cartas que se organizaban entre los "enfermos" hasta las cuatro de la madrugada en el cuarto dónde se tomaban el café los médicos. Yo con mis catorce años me jugaba, a cara de perro algunas veces, los cuartos con gente de treinta y cuarenta tacos, aunque los ganaba jugando a las siete y media, o a los montones, o al subastado. Luego llegaba el viernes en el que mi madre se iba al pueblo a darle una vuelta a la casa y a la familia, y yo le daba las tres o cuatro mil pesetas que había ganado esa semana y me quedaba sin un puto duro. Pedía prestado a mi compañero de habitación y vuelta a empezar, cuando me dieron el alta me debía dinero media Sección de traumatología del Hospital de la Paz. Qué tiempos, te ingresaban y aunque tuvieras catorce o quince años, te ponían con el equipamiento habitual, un cenicero, y te fumabas los cigarritos en tu cama del hospital, con otros dos compañeros que también fumaban (que ambientazo), con los acompañantes y las visitas respectivas que también fumaban, y con sus médicos que pasaban consulta con su cigarrito en la boca. Y un ratito antes de la operación te fumabas un pitillito para quitarte los nervios. Como es posible que hayamos podido vivir así desde que a Colón se le ocurrió traernos el Marlboro. Hoy afortunadamente y gracias la "Ley Seca" del tabaco hemos recuperado el sabor de lo clandestino, de lo peligroso, volvemos a los váteres, a guardarnos las manos en los bolsillos con la toba encendida, a esconder los paquetes en las macetas, y pronto serán los camellos en vez de los estanqueros, quienes nos vendan "vaya Vd. a saber qué" y a qué precio. Y que conste que yo estoy de acuerdo con las restricciones, es más, creo que se han quedado muy cortos.

Recuerdo con especial cariño el año 1975 por varias razones: Realicé mi primera excursión sin la tutela paterna gracias a la O.J.E. con los que me fui un par de días de excursión al Palacio de El Pardo a ver a ese señor bajito con voz de pito y de cuyo nombre no me quiero acordar. El caso es que con tal motivo se diseñó un uniforme nuevo para el muchachería de la O.J.E. a unos precios razonables y que a mí me hacía mucha ilusión tener (valiente cipote). Me costó lo mío convencer a mi padre y para cuando quise ir a comprar mi equipamiento, el tema cazadora, camisa azul, boina, mochila e insignias bien, pero pantalones solo quedaban de la talla 44 que es la que gasto hoy a mis cuarenta y muchos años, yo tenía la talla 38 creo recordar.. Y como la cuestión era tener el uniforme completo, me llevé los susodichos pantalones y que me puse el día de la excursión encima de otro par de pantalones para llenarlos mejor, lo bueno del caso es que no pasé frío en las piernas. La primera etapa de la excursión fue aquí mismo, en Socuéllamos, para desfilar en la inauguración de una estatua de José Antonio el que inventó la moda de la camisa azul "arremangá" y la infame "falange española y de las jons". El problema surgió al iniciar el desfile con paso militar delante del "muñeco de bronce", porque aunque yo le ponía mis mejores intenciones, ni mi manera de marcar el paso ni la velocidad del mismo, me permitían pasar inadvertido, sino todo lo contrario, me tenía que salir de la fila cada tres pasos e incorporarme cuando paraban, total, un numerito.

Luego, tras entregarnos una bolsa de plástico con el "ato", bocata "revenío" de salchichón y una manzana, y como ya llevábamos cantimplora, pues arreando hacia Madrid, al Palacio de Cristal a pasar la noche. Allí el Ejército nos dio la cena, una colchoneta de plástico fino que se pinchaba con mirarla y a los corrales autonómicos que habían marcado con cuerdas en dicho palacio. A las seis de la mañana una banda de soldaditos musicales nos levanto con el toque de diana desafinada que retumbaba por todos los cristales del palacio. Como nos acostamos vestidos (yo con mis dos pares), enseguida nos encaminamos a las letrinas que allí había (impresentables) para lavarnos la cara y poco más, después cola para el Cola Cao con galletas más duras que el "pico de un arca" y al autobús a ver a su Excmo.

Una vez en el Pardo, el autobús nos dejó cerca de "a tomar por culo", desde dónde tuve que ir con mis pantalones que ya empezaban a pesar, hasta la entrada por dónde un mogollón de boinas rojas encima de miles de criaturicas del señor (por lo visto unas 17000), pasamos al interior del solar dónde se ubica el Palacio. Me acuerdo que eras la once de la mañana, y nos tuvieron cantando "caralsoles y prietaslasfilas", por lo menos hasta las dos de la tarde, de pié, sin comer y sin beber y sin saber cuando saldría el enano coñón a decir lo que fuera. Yo, que ya pasaba de todo y lo único que quería era montarme en el autobús y que me llevaran a mi casa, hice un intento de retirada que con una simple mirada y un conato de movimiento de aproximación abortó un guardia de esos que se parecían a la Guardia Suiza del Vaticano pero con cara de más mala leche y con un trabuco repetidor. Al fin salió y en su voz se adivinaba ya que no iba durar mucho, después de eso se retiró a sus aposentos para que lo echaran en sal para intentar alargar su ya patética subsistencia.

La segunda cosa memorable de ese año, fue la muerte del momio a quién unos meses antes colaboré a homenajear, y gracias a la cual, realicé mi segunda excursión, con el mismo uniforme y con los mismos dos pares de pantalones, aparte de la semana de vacaciones de la que disfrutamos en el Instituto. Para entonces yo participaba en reuniones clandestinas en los locales de la O.J.E. organizadas por los Círculos de José Antonio, y en las que nos decían que Franco era malo malísimo de la muerte y ellos poco menos que anarquistas.

Así que una mañana de no se qué día de noviembre, después del espectáculo de masas que significaron los días de exposición del fiambre para que los españoles se cercioraran de su muerte, nos montaron en un autobús y ¡hala! ¡P'al Valle de los Caídos!. Una vez allí, mogollón de boinas rojas, de camisas azules, mogollón de "loros" de ambos sexos cargados de medallas concedidas por "vete tú a saber que méritos", mogollones de coronas de flores de plástico, mogollón de camisas negras y de gafas negras y no precisamente de los reporteros de "Caiga quién Caiga", que además se metían entre el muchachería para animarnos a cantar las consignas que ellos mismos marcaban, así que solo nos salimos del guión los acratosos de mi grupo cuando pasó por delante Pinochet al que aclamamos con el nombre del muñeco de madera al que le crecía la nariz (¡bastante culpa tendría el muñeco!).

Este año fue decisivo para empezar mi andadura sociopolítica y adquirir cierta conciencia social. A mí lo de anarquista y ácrata me gustaba, no sabía muy bien lo que quería decir, pero sonaba emocionante, y como yo siempre he sido "mu mío" un día tonto con un amiguete echando un porrito se nos ocurrió fundar el partido P.O.F. (Partido del Orgasmo Feróz) de manera informal y tal. De hecho solo existió en las pintadas hechas con rotulador en los bancos de la plaza, porque los botes de pintura en aerosol que me habían sobrado de pintar la mobylette de camuflaje, los guardaba para algo más grande, hasta que conocí a mi amigo Luismi, que tenía un spray mas gordo y hacía pintadas superlargas copiadas del mayo del 68. Este si que sabía cosas del anarquismo y conocía gente muy roja, y además llevaba unos pelos a lo Bakunin muy apropiados para el rol asumido, además de su prolija experiencia sexual sobre todo si la comparamos con la de mi grupo del colegio.

Cierta noche aunamos nuestros sprays y nos fuimos a pintar el pueblo; previamente me advirtió, porque él ya estudiaba derecho y sabía, que la pena si nos pillaban era de cinco años de cárcel, con lo cual el subidón de adrenalina era considerable, aunque entonces no sabíamos lo del subidón y pensábamos que íbamos cagados y acojonados. Yo era el autor material, él era el chofer que para eso tenía coche, elegíamos una tapia grande, normalmente en las afueras, y yo bajaba y empezaba a escribir "NUESTRAS OREJAS TIENEN PAREDES, NUESTRAS PAREDES TIENEN OREJAS" por ejemplo, cuando estaba escribiendo la última palabra casi no se veía al ir disminuyendo el tamaño de las letras e ir agotándose la pintura. Cuando terminamos nos quitamos los restos con esmero y excitación para no ser descubiertos en nuestras respectivas casas.

Al final nos decidimos, junto con un par de abuelotes, a refundar la C.N.T. en Tomelloso, con mitin en el Cine Serna y actuación de cantautor progre de la época, así como baile de jota a cargo de Luismi, incluidos, con cierto éxito de público (por la novedad). Incluso teníamos sede en la calle Libertad, igual que nuestra central de Madrid, sede que yo, como tesorero (hoy sería responsable de finanzas) habría religiosamente cada tarde al terminar mis clases. En el año 1976 protagonizamos junto al sindicato C.S.U.T. (hoy desaparecido), una huelga general de estudiantes y agricultores a la que se sumaron talleres, tiendas y que incluso el alcalde pidió al Gobernador una dotación de "grises" (fuerzas antidisturbios de triste recuerdo), y enrejaron las ventanas del ayuntamiento para la ocasión como medida preventiva de no se qué revolución que parecían esperar, solo faltó proteger la iglesia y esconder a los curas para evitar que los fuésemos a fusilar. Los grises se dedicaron durante todo el día a disolver a pequeños grupos de jubilados, con sus blusas negras, que se reunían en la plaza de manera habitual, y a los que pedían a empujones que circularan. Tampoco me acuerdo de qué reivindicación o injusticia (serían tantas…), habían servido de detonante, ni si conseguimos algo aparte del revuelo local, pero en cualquier caso le da cierto "caché" a mi curriculo de sindicalista.

Esta aventura sindical se acabó por aburrimiento en lo que se refiere a lo colectivo, porque yo seguí siendo de ese sindicato hasta el año 1991, año en el que me cambié a CCOO, sindicato del que hoy soy cuadro intermedio, por decirlo de alguna manera que no suene pretenciosa, y que será debidamente ampliada en este anecdotario.

De forma paralela a mi despertar libertario, se despertó también mi curiosidad por las drogas, legales como ilegales, aunque fue muy decepcionante mi primera experiencia, un porro mal liado que nos hicimos con una china que mi amigo y compañero de pañales "el Jaro", le había sustraído a su hermano mayor "otro Jaro" (un adelantado. La verdad, yo pensaba en ver muchos colorines, levitar, experiencias extracorpóreas, y cosas así, pero de lo único que me acuerdo es del hambre y la risa que nos daba. Nos fuimos al bar Juanito, nos hinchamos de tapas de albóndigas de bote con sus respectivas cañitas de cerveza y nos hartamos de jugar casi gratis en la máquina tipo "flippers" o como se diga, ya que extrañamente teníamos una especial habilidad de la que en "condiciones normales" no disfrutábamos.

A partir de entonces devoré artículos, revistas especializadas, colegas, prospectos de pastillas, etc. Y en la medida que mis disponibilidades económicas y la oferta lo permitían, iba probando. Tripis, anfetas, hachís, mucho hachís y mas hachís, y entre medias, o al mismo tiempo, alcohol y tabaco. Y unos años después, allá por el año1987 vendría la coca.

Con las drogas pasa como con el resto de las cosas buenas, y las malas, que tienen su justa medida, porque cuando te pasas "la cagas", ves "la cara oscura" y no precisamente de la luna. Tengo que reconocer que me han proporcionado ratos buenos, en algunos casos la cocaína, el alcohol o las anfetaminas, me han ayudado a desarrollar ciertas habilidades empáticas, y con el hachís y la marihuana, que me han acompañado a lo largo de mi vida desde aquel primer porro, gracias en parte a ellas, he suavizado mi carácter y aprendido a relativizar mis reacciones ante las cosas malas que hasta hoy he tenido que vivir, me ha sido más fácil soñar despierto cuando he querido e incluso me han ayudado a ver la vida con un sentido mas práctico y positivo. Y sobre todo, y lo digo con contundencia, he conocido a mucha gente, y entre esa gente quedaron buenos amigos que hoy perduran. También he conocido mala gente en mis relaciones con las drogas, pero ahora no recuerdo a nadie que realmente haya dejado en mí un sentimiento de rencor suficiente para acordarme de él.

Como me decidí, con conocimiento de causa en este caso más que en con el tabaco o el alcohol, a seguir con el consumo de hachís o chocolate, y no trabajaba todavía, me las ingeniaba encargando a los amiguetes que estudiaban en Madrid pequeñas cantidades, 25 o 50 gramos, que yo dividía en barritas de "talegos" (mil pesetas) o "medios talegos", y a su vez vendía a otros colegas, o en el "puticlub" Libra, dónde tenía tres o cuatro amigas putas que me compraban. No me acuerdo de las circunstancias por las que trabé amistad con estas chicas, porque yo no perdía la virginidad hasta los 22 años y sin pagar, y tampoco estoy seguro que fuera en el Bingo, recién instalado en el casino de mi pueblo, y al que iba en compañía de tres o cuatro amigos, a los que yo veía como "mozo viejos", y eso que solo tendrían veintipocos años, por el mero hecho de que llevaban varios años trabajando, el caso que estos solo eran amigos para ir al bingo, en el que coincidía con las putas en algunas ocasiones y a mí nunca me ha dado vergüenza que me vean relacionarme con todo tipo de gente, sobre todo si me caían bien. Esta práctica del "trapicheo" me dio cierta fama, cosa no precisamente buena, aunque en honor a la verdad, entre el colegueo te daba cierto prestigio y hacía que siempre hubiera alguien dispuesto a acompañarte en cuanto entrabas en algún garito, o te invitaban a mas fiestas que antes.

CONTINUARÁ

Vamos con una segunda aportación al asunto del blog, aunque después de los dos días de su estreno, me he planteado no seguir con la estructura más o menos cronológica, o por lo menos no encorsetarme en una estructura y planteamiento predefinido para poder evitar bloqueos.

He recibido algún halago, alguna crítica puntillosa no exenta de razón, y algunas dudas por mi parte sobre si debo o no mostrar mis vergüenzas en este mundo virtual y que también forma parte del real. Y aunque he presumido de no haber tenido complejos sociales, si que los he tenido, y grandes, de tipo personal, aunque la mayoría de ellos afortunadamente se fueron superando. Como siga por esta vía esto no la va a leer ni dios, así que en esta mañana nublada de Semana Santa, y después de catorce meses desde que escribí la parte anterior, he decidido escribir lo que me vaya "saliendo de las pelotas" y a poder ser, simpático, porque en vista de cómo tenemos el patio, ya tenemos motivos de preocupación suficientes cuando vemos los telediarios.

A propósito y en esa línea, quiero mostraros aquí un claro ejemplo de cómo está el ambiente compartiendo con vosotros un cruce de correos electrónicos con un chaval al que no conozco personalmente, al enviarle yo un correo con datos de la lucha antiterrorista del gobierno anterior:

1º mensaje mío, título "un poco de memoria":

Que circule por el mundo para que no nos cuelen más mentiras, ni nos tomen por gilipollas

1ª respuesta:

Le vas a mentir a tu puta madre.

Y no se te ocurra mandarme más basura de esta.

2º respuesta mía:

Te noto algo crispado, que pasa que la verdad jode ¿no?

Y contesta:

Que pena das.

De verdad te crees lo que dices?

Menos mal que hay pocos como tu.

Y ahora yo:

por el bien del mundo mundial, de los que hay menos (aunque peligrosos para la convivencia) son gente como tú (y no hace falta que me des las gracias por llamarte gente)

Y que te la pique un pollo con tus odios y tus crispaciones

¡So capullo!

Y ahora él:

Lo dicho, me das pena. Cada vez que escribes esas tonterías me das mas pena todavía. Piénsalo un poco y ya no hace falta que me contestes, y de verdad te darás cuenta que lo que dices es una mentira. Pero da igual porque a ti, si te dice que te bajes los pantalones porque de va a dar por el culo, a ti se te saltarían las lágrimas de gusto solo de pensar que tu "lucido e iluminado" presidente va a introducir su maravilloso pene en tu ano.

PD. A partir de ahora, puedes escribir lo que quieras, pero te aviso que te he puesto en la lista de correos no deseados y por lo tanto si lo haces perderás el tiempo porque será destruido (Como este maravilloso país, hasta que llegó ZapETAro).

Un placer, y lo dicho, disfruta pensando que ZapETAro te da un poquito por ahí mismo.

Conclusión:

Yo le contesto desde otra dirección para evitar el bloqueo:

Vamos a rebobinar un poquito:

1º yo te mando un pps con artículos de prensa (el mundo) y una serie de datos totalmente contrastables, con un comentario mío que tampoco es nada del otro mundo

2º tú dices que es mentira y te desahogas sin freno

3º yo te contesto irónico, pero no te insulto

4º tu intentas menospreciarme

5º yo te contesto intentando mantener la ironía, pero soltándome un poco.

6º tú piensas que yo reacciono como tú a los insultos y te despachas a gusto, aunque dejas ver alguna debilidad, y no me refiero a tu condición de NAZI, creándote una idea sobre mí que no atinas ni una.

7º las conclusiones que yo saco son varias:

a) debes animarte a salir del armario

b) lástima de cuartos que tus padres tiraron en ¿educarte?

c) tienes toda la pinta de ser en tu trabajo el "chupamindas" del jefe

d) si tú eres de las personas sensatas que dice Mariano que van a ir a la manifestación del sábado, ¡miedo me da!

e) gente tan sensata como tú son los que se liaron a tiros en el 1936 para salvar a los insensatos como yo.

f) y gente tan sensata como tú estarían dispuestos a coger una pistola y matar por una causa para ellos justa, igualito que la gente sensata de la eta, el grapo,

bin laden,...

Recomendaciones

Solo una, vive la vida lo mejor posible, teniendo en cuenta que en este puto mundo tenemos que convivir gentes de todas las leches, y es de todo punto imposible que todos pensemos ni queramos lo mismo, pero en cualquier momento puedes necesitar la ayuda de cualquiera, y ese cualquiera puede tener una opinión totalmente distinta a la tuya. Además tanta bilis no te puede traer nada bueno, cuida tu estómago e intenta recuperar tu cerebro.

Besitos ¡guapo!

(es broma)

Pues el caso es que no fue el único, y como el correo lo envié desde una dirección impersonal (anochevillover@...,) pues algunos soltaron veneno cuales serpientes, y con la particularidad de que todos estaban afiliados a un sindicato "progresista". Cuando menos paradójico, y sería una pura anécdota si no fuera porque estas situaciones son últimamente demasiado frecuentes por desgracia. Que mierda tendrá el poder para que algunos sean capaces de cualquier cosa, incluyendo el envenenar la convivencia de esa forma tan ruin, utilizando la demagogia, la mentira, la manipulación, el cinismo, la hipocresía, importándoles una mierda, ni los supuestos principios con los que dicen comulgar, ni las consecuencias de sus actos sobre la plebe, y estoy hablando de los aznáres, zaplanas, acebes, rajoys, roucos, cañizares,jiménez los santos (que cojones tendrá de los santos el capullo este), pedrosjotas, y de toda la pandilla de chupamindas que les rodean rezando para que aparezca otro insigne caudillo que salvaguarde el imperio de las hordas de rojos y judeo-masones que se están cargando la reserva espiritual de occidente.

En fin resumiendo, que la cosa de la convivencia no pasa por horas felices, y lo que me jode de todo esto, es que las próximas elecciones mi mayor motivación para votar será el miedo a que ganen los de la "guerrilla de cristo rey"; Como también me jode que la parte más racional de la derecha, estén callados como putas y no tengan arrestos para parar tanta sinrazón; el miedo es libre pero es peor o menos ético "comulgar con ruedas de molino" para poder "pillar cacho".

Alguno habrá cuando lea esto que se confundirá conmigo, pero los que me conocéis que aunque sabéis de qué pié cojeo, también sabéis que no me caso con nadie y que cuando toca y lo merecen, tengo cera para repartir a "diestro y siniestro".

Hoy me he levantado "guerrerete" y ya me desahogado aquí un poquito, por lo que voy a ir dejando esta, mi segunda entrega, pues tengo obligaciones familiares que cumplir, a ver si la próxima la saco algo más alegre.

Hasta pronto…

Empezamos la semanita de pasión con un trancazo de narices, por lo que no sé que acabará saliendo. Ayer me despaché con los ¿políticos? de un lado y hoy creo que me apetece hablar de los del otro, de los responsables que prometen algo cuando tocan Elecciones y luego "si te vi, no me acuerdo". Aunque después os prometo que hablaré de SEXO, ¡lo juro!

Un ejemplo, que los que me conocéis ya os tengo suficientemente al día, es el tema AVE prometido y no cumplido:

Hace cuatro años:

PLENA INTEGRACION DE ARGAMASILLA DE ALBA-TOMELLOSO EN LA LINEA DE ALTA VELOCIDAD

MADRID-ALCAZAR DE SAN JUAN-JAEN.

I. Introducción

D. José Bono, siendo Presidente de JCCM, hablando del trasvase Tajo-Segura, cuya postura fue muy enérgica y muy criticada, dice:

"Algunos quisieron dejarme solo ante el peligro, otros me criticaron, pero la mayoría me apoyó. El Ministerio de Obras Públicas quiso poner de manifiesto su capacidad para cometer un disparate y lo logró".

"La experiencia le ha enseñado que, al contrario del consejo jesuítico del padre Arroyo, hay que confiar en los demás, sobre todo si es gente del pueblo, con un apretón de manos basta, una tradición que no debería perderse, gente sencilla, gente cabal, gente de palabra".

II. Compromiso

"No llegará el tren de Madrid a Jaén, si no pasa y para, en Argamasilla de Alba y Tomelloso".

Y después vinieron a decir más o menos lo mismo pero igual de clarito, el Presidente Zapatero, Barreda, Manuel Marín (Presidente del Congreso), Nemesio de Lara,… y todo aquel al que le ponían un micrófono delante cuando pasaban por esta tierra para hacer campaña. Claro que entonces eran "los otros" (PP) los que tenían la responsabilidad sobre el tema. Pues resulta que el 14 de marzo del 2004 con el voto de muchos de nosotros van y ganan las Elecciones generales y se ponen a "mandar", y lo que en aquél entonces parecía conseguido, en esto que empiezan a "ramalear", y donde dijeron AVE ahora dicen RAMAL, y no "toquéis mucho los huevos" no vaya a ser que tampoco…, y se quedan tan anchos.

El 3 de diciembre pasado, treinta mil ciudadanos de Tomelloso y Argamasilla, de un total de cuarenta mil habitantes, salen a la calle para refrescarles la memoria; la respuesta de los políticos que tienen que decir algo en este tema se mantiene de lo más ambigua e indefinida, como intentando hacer pasar el tiempo y no se les dé mucha caña en la campaña electoral, e incluso lanzan mensajes de esperanza de no se sabe bien qué soluciones va a dar la Ministra de Fomento, que si las hubiera, menester que las firmaran ante Notario, y ni aún así y visto como han jugado en estos cuatro años recuperaríamos la confianza que han dilapidado en este periodo.

Me hubiera gustado que la Plataforma, motor del movimiento reivindicativo de la comarca en los últimos siete años, hubiese propuesto una marcha hacia La Moncloa para hacernos oír alto y claro ante quién tiene la máxima responsabilidad de gobierno, quién se comprometió clara y rotundamente con esta reivindicación, y ante quién nos prometió el 14-M que "no nos fallaría".

Palabras, solo palabras, como dice la canción. Están desvirtuando el valor de "la palabra dada" del compromiso, del cumplimiento de sus obligaciones, están generando una desconfianza del pueblo hacia sus políticos muy difícil de superar, y sin querer ser catastrofista, esto no puede traer nada bueno. O a lo mejor, e intentando darle un sentido positivo a esto, es que se está acabando un ciclo que nos lleve a renovar la manera de hacer política desde sus cimientos.

Todos estos "vicios" a la hora de gobernar que ha adquirido nuestra clase política en estos últimos veinticinco años y redundando en el tema, parecen haber acabado con una serie de principios como la "honradez", la "credibilidad", la "solidaridad", la "profesionalidad", el "bien común", la "sinceridad", la "cercanía", prevaleciendo ahora la "sumisión", el "cinismo", "el amiguismo", el "dinero", la "hipocresía", la "mentira", la "manipulación", el "chantaje", ahora prima el "o estás conmigo o estás contra mí" filosofía asumida por nuestros gobernantes, a quienes la crítica sienta fatal, e incapaces de asumir los errores en la mayoría de los casos.

Como son capaces de extrañarles que la sociedad sufra un tremendo desencanto y apatía por la política, si los políticos menosprecian al ciudadano cuando le mienten y utilizan, a sabiendas y en beneficio de no se sabe nunca muy bien qué intereses.

De todas formas y amparándome en la sana ingenuidad que mantengo, espero que aunque sea movidos por "sus intereses" al final nos ofrezcan soluciones satisfactorias, ya lo iremos viendo.

Dicho todo lo anterior, cerramos capítulo reivindicativo, por el momento, y voy a centrarme en hablar de sexo, en la primera vez que me llevaron de putas y entré. Tendría unos veinte tiernos años, estábamos Luismi, un compañero del cole llamado Juan Luis, y yo, Luismi y yo nunca osamos hasta entonces en gastar dinero en esos menesteres, pero ese día nos liamos de cervezas, cubalibres y algún canuto, y el tan Juan Luis comenzó a comentarnos sus experiencias burderiles, que eran muchas, y a las que nosotros prestábamos especial atención. Debió vernos interesados porque propuso llevarnos a "La Sirena", que por aquél entonces era un garito al lado de Villarrobledo, y allí que nos fuimos sin que tuviera que insistir nada.

Llegamos ya con el "pesa mostos" a tope de grado (alcohólico), y supuestamente íbamos a que el colega le "descargara los ceporretes" a una amiga que debía de estar allí y no estaba. Nos pedimos sendas copas y se nos acercaron las "operarias" a currárselo; conmigo no tuvieron que currárselo mucho, porque cuando me arrimó la primera la nalga a la cebolleta, nos pasamos a los pesebres. Y digo pesebres porque eran mu cutres, pero mucho mucho, y las camas "pelás y mondás" con media sábana cubriendo solo la parte de la cama donde te "resobinas" tus partes, una luz paupérrima, una tele con una peli porno que desconcentraba más que excitar, y un bidé para enjabonarte el rodal. A todo esto, la chica estaba sobrada de celulitis que antes con las mallas no se le veía, y si costaba dos mil quinientas pelas, se quedó con las tres mil que le di, con la promesa de que estaríamos un ratito más.

Pues después de estos antecedentes, la mujer se puso a lo suyo, mientras que lo mío solo hacía caso cuando era "abducido" por su boca, que después en contacto con el aire se desvanecía como la niebla, así que de follar ni hablamos y el condón sin estrenar. Cuando salí yo, acababa de entrar Luismi que también tuvo sus anécdotas como la de sentarse en el bidé como si fuera un wáter, o de cómo se fue antes de tiempo cuando se la "abdujeron" con condón y todo.

Nos fuimos de allí casi como llegamos, pero con la cartera más floja, y lo que no es la cartera también, aunque en mi caso algo menos.

Después de esta experiencia, volví a repetir en circunstancias parecidas (alcohol, drogas, risas) en un par de ocasiones más y con idénticos resultados, eso sí como pagaba con la visa, me cobraban una hora, por lo que al final acababa aconsejándoles sobre como rentabilizar sus dineros ahorrados con el sudor de su … Luego en la soledad de mi cama, recapitulaba y me flagelaba por lo gilipollas y por lo mal parada que había quedado mi "hombría", haciendo firme propósito de ir fresco al día siguiente a demostrar mis habilidades. Cuando llegaba el día siguiente y me volvía lo poco de razón que uno tenía en esos años, pasaba de volver.

En la próxima entrega os contaré como perdí la "pureza", una experiencia que marcó mi vida.

Era el año 1981, y ya llevaba dos años trabajando en el banco en Linares, y viviendo la “vida loca” pero sin comerme una “rosca”, “garuleando” con algún amigote, o de fiestas con guitarra y tinto de verano con algunas amigas en plan soso. Yo es que para estas cosas he sido “mú tonto”, tímido en lenguaje más culto, y seguramente habré dejado escapar alguna que otra oportunidad, pero a lo que vamos, un compañero de trabajo me presento a un par de amigas suyas que trabajaban en el hospital. Una tenía veintiséis y la otra veintitrés años, a mi me gustaba más la última, aunque las dos tenían un buen cuerpo y entre ellas había una supuesta amistad, que mas tarde descubrí que en realidad era un conflicto larvado seguramente originado por cuestiones de tíos.

La primera, Carmen, me propuso irnos a la piscina a comer y a pasar el día durante el fin de semana, a lo que yo accedí sin dudar, pero cuál no sería mi sorpresa que al día siguiente se presenta en la oficina y me propone salir el viernes por la noche a cenar, a lo que yo también acepté muy gustoso. Lástima que el viernes por la mañana me llamó un “supuesto” compañero de trabajo contándome no sé qué escusa por cuenta de ella, por lo que la noche del viernes se me quedó libre.

Llegado el sábado nos fuimos a Canena, localidad cercana con una piscina tranquila y familiar, Carmen se había preocupado de preparar comidas, bebidas y todo lo necesario para pasar un buen rato. El día transcurrió con normalidad, cada uno estudiando el terreno, nos fuimos de vuelta a Linares, nos cambiamos y nos fuimos a cenar al bingo (a ella le gustaba). Cuando salimos ella directamente me propuso venirse a dormir a mi piso, algo que estaba deseando, pero que no tuve “güevos” de proponer. Una vez en el piso nos fuimos directamente al dormitorio, yo estaba “dispuestísimo” y nos desnudamos mutuamente, ella se tumbó en la cama, y cuando todo parecía dispuesto para que yo “entrara a matar”, ella con un gesto me indicó un momento de paciencia y procedió a sacarse de “sus adentros” lo que parecía un ratoncillo ensangrentado y realmente era un tampón. Mi estoque se volvió de plastilina y no hubo manera en esos primeros instantes de “hacerlo vivo”. Tras los ánimos de rigor con frases tan tópicas como “no te preocupes, eso es normal” “les pasa a todos los tíos” u otras por el estilo, yo, con mi ego “viril” algo mas reconfortado, pero con la imagen del “ratoncillo”, que me ha perseguido a lo largo de mis días, gravada en mi confuso cerebro, me costó conciliar el sueño, aunque a la mañana siguiente, superado momentáneamente el trauma, me desperté con el armamento preparado y cumplí sobradamente con lo que se supone que se esperaba de mí.

A partir de entonces, estuve cuatro años viviendo con ella, en su piso con otras dos compañeras, y de lo que yo pensaba que no me hartaría nunca, llegué a desear con anhelo que tuviera la regla o que le tocara el turno de noche, para así poder descansar. Después, con los años, se llega a echar de menos alguna que otra vez, aquél supuesto hartazgo. Era una buena tía, con sus neuras como todo el mundo, y con otra pasión a parte del sexo, hablar, mucho, demasiado y a todas horas. Pero como me tenía la autoestima por las nubes, le disculpaba cualquier cosa. Digo lo de la autoestima porque en nuestras relaciones ella encadenaba los orgasmos en periodos de tiempo decreciente, por lo que yo cada vez tenía menos tiempo en montarme mi película en el coco, y además preocuparme por llevar el ritmo adecuado y hacer lo necesario para que ella culminase. Al final, al cabo de una hora o dos, cuando el dolor de flato se me hacía insoportable, o me faltaba el aire, y ella había perdido la cuenta de sus momentos culminantes, yo me plantaba boca arriba y me terminaba con una buena pajica y a dormir. Así casi todos los días y muchos días dos veces. Luego yo me venía al pueblo y les contaba a los amiguetes lo bien que me cuidaban mis compañeras de piso. Eso sí, jamás mentí presumiendo de habérmelo hecho con las tres, aunque no me hubiera importado haberlo hecho realidad.

Me compraba la ropa, pagaba mi parte de la comida, me dejaba el coche para venirme los fines de semana al pueblo, era como una madre. En realidad yo nunca me enamoré de ella, era una relación de cariño, cierta dependencia mutua, e intenté siempre evitar el compromiso, aunque en muchas y comprometidas situaciones tuve que torear con ambiguas respuestas a las tópicas preguntas de: ¿me quieres?, ¿en qué piensas?,… Y yo creo que fue culpa suya que yo no me enamorara ya que al mes de conocernos, al volver de sus vacaciones me dice:

- Te he traído una cosa que no se si te va a gustar.

- Bueno enséñamela y ya te diré si me gusta.

- Es una alianza de oro con la fecha de nuestra primera noche (la del ratoncillo), si no quieres no te la pongas, yo si la llevo puesta.

Efectivamente no me la puse, pero además a partir de aquí fui mucho más cuidadoso por lo que salía por mi boquita a la hora de hablar de sentimientos, con respuestas como “sí que te quiero, pero como a una muy buena amiga”.

Al final y después de cuatro años viviendo juntos, cuando le dije que me habían concedido el traslado a mi tierra, unos días después y tras una de nuestras largas sesiones de cama, me confesó que había dejado de tomar la píldora porque quería tener un hijo mío.

Sufrí una especie de cortocircuito en ese momento porque, por un lado que, por lo menos en mi caso, que una mujer te diga que quiere tener un hijo tuyo está muy bien y te sube la autoestima hasta las nubes, pero por otro lado el que no te pidan permiso, la continuidad de la relación que supondría un hijo a medias, y que tampoco lo tenía previsto ni tan pronto ni en esas circunstancias, además de que yo quería dar un giro a mi vida aprovechando el traslado; afortunadamente no cuajó, que yo sepa.

Por hoy creo que ya está bien, y aunque me quedan varias anécdotas de esta etapa de mi vida, ya irán apareciendo aquí conforme vengan al cuento. La próxima entrada puede que se demore unos días por las obligaciones familiares y sociales que uno tiene que cumplir en esta Semana de Pasión (me gusta más que Semana Santa) por lo que os deseo un buen descanso.

Salu2

He dicho que por hoy estaba bien, pero voy a escribir otro poquito porque me apetece.

Y además quiero hacer un paréntesis en la línea de las dos últimas aportaciones y hacer una especie de reflexión algo más profunda sobre la relación entre las personas. Más que nada lo he decidido porque tampoco quisiera que se vieran mis relaciones a lo largo de estos relatos como triviales. Nada más lejos, porque por ejemplo, en el caso de Carmen no podría haber durado más de cuatro años si hubiera sido una relación trivial. Las personas, independientemente de su tendencia sexual, buscamos en las demás, el sentirnos queridos, sentirnos en cierto modo admirados y comprendidos, sentirnos importantes en la vida de alguien, tener a alguien con quien poder compartir malas y buenas rachas o momentos, aparte de satisfacer nuestros instintos y algunas cosillas más. Pero tenemos que tener muy claro que nosotros representamos para la otra persona lo mismo que necesitamos de ella, por lo que toda relación requiere cierta renuncia y compromiso. Renuncia en parte al “yo” para satisfacer el “yo” de nuestro/a compañero/a, renuncia a disponer con libertad de parte de nuestro tiempo, de nuestro ocio, de nuestras anteriores maneras de vivir, dicho de otra manera tenemos que estar preparados y por supuesto dispuestos para el “cambio”. Y solo estoy hablando de relaciones, que la convivencia todavía requiere más énfasis en todo lo anterior.

Sin querer ser un rollo, todo esto viene a colación también para decir que en mi caso, mis relaciones han tenido todo eso por mi parte, hayan sido de amor o de amistad, pero lo que yo quiero contar en este blog sobre mis relaciones, de momento, es la parte costumbrista, la más amena pero sin hacer daño. He tardado demasiado tiempo en valorar suficientemente a las personas que he tenido a mí alrededor durante toda mi vida como para hacerles daño, aunque fuera de forma involuntaria. Creo que un momento importante que me ayudó a comprender de qué iba la vida fue el día que aprendí lo que significaba la palabra “empatía”, y no solo descubrí su significado sino que también descubrí mi capacidad de empatizar con la gente. Ese fue un gran momento para mí.

He conocido a mucha gente, a algunos los sigo viendo y me relaciono y convivo con ellos, pero de todos los demás, me quedan los buenos recuerdos, y aunque malos seguro que también habrá, me cuesta muchísimo recordarlos cuando no los he olvidado, y por supuesto si los recuerdo, relativizo mucho el efecto que tuvieron. No sé si eso será por mi positivismo o le pasará a todo el mundo, por desgracia creo que no.

En cierta ocasión, y aunque un poco al hilo también por cambiar de registro, mi padre después de llegar yo del colegio, tendría unos diez años, venía con señales evidentes de pelea, peleas de las que era parte muy activa sino promotora, mi padre me daba ciertos consejos, movido sin duda por su afán de promover en mí unas capacidades de supervivencia en mi medio que compensaran mis limitaciones físicas, me instaba que ante una agresión que sufriese, cogiera una piedra y con ella en la mano y por la espalda le diera en la cabeza al agresor. Pues una sola vez en mi vida me dispuse a seguir su consejo, y ante una afrenta de la que ni me acuerdo, me hice de una piedra como mi mano, me situé en la cola que hacíamos para entrar en clase detrás del mismo, y cuando iba decidido a consumar la venganza mi mano paró en seco rozándole el pelo. Escondí la mano y él se dio la vuelta para ver que hacía y yo solo sonreí. Por algún motivo mi fuero interno sabía que eso era inadmisible de todo punto. Todo esto, que conste, lo cuento con cierto pudor, porque mi padre tenía una motivación muy fuerte y una manera de educar que podría estar en parte equivocada, pero con la distancia de los años he comprendido que parte de cómo soy, y estoy contento de ser así, lo he mamado en mi casa y algunas de las cosas que yo he visto de pequeño, las practico hoy con mis hijos, por supuesto otras no, las cosas y las personas hemos cambiado mucho en estos años.

Y ahora sí, doy un giro radical a esta serie de reflexiones serias, contando, porque me acabo de acordar mi primera experiencia pseudo bixsexual rara, por llamarlo de alguna manera, y me explico: estábamos una noche unos cuantos amigos, El Niñato, El Pruden, Pedro y yo en el garito de La Pepa, mi segundo hogar durante los primeros años tras mi regreso a Tomelloso. A modo de inciso pertinente, La Pepa era Pepe, un amigo gay, sufrido pionero para sacar de las catacumbas o armarios a los que hasta entonces todos, y recalco “todos” calificábamos de “maricones”, aunque fuera de buen rollo. Gracias a él y a otros que lo acompañaron se normalizó una situación de apartheid o rechazo social, y pudieron salir orgullosos/as de su armario muchas personas. Un amigo de por aquel entonces, La Platino, comentaba que en Tomelloso dabas una patada a una piedra y salían 40 maricones, y era en cierto modo verdad. En algunas ocasiones, algunos “mocetes” cuando iban en rebaño de dos o más, se hartaban de cubalibres y a la hora de pagar no lo hacían “porque era maricón”, y ya estaba liada. Luego, como decía Pepe, vienen aquí solos y me piden que “se la chupe”, cosas de la vida.

Volviendo al tema, pues estábamos tomando unas copas acompañados de una “hermosísma”, muchacha que trabajaba en “Casa La Flori”, imaginaos de qué, que no sé cuál de ellos conocía.

Era tremendamente guapa, gitana aunque no de rasgos muy marcados, con unos ojos inmensos y hasta deslumbrantes, parece ser que tenía 18 años, y digo parece ser porque no estaba registrada en ningún sitio y “tenía menos papeles que una liebre”, por lo menos eso es lo que nos dijo, y nosotros lejos de parecer incrédulos, nos incrementaba la fascinación y otras cosas que sentíamos por ella seguro que todos nosotros.

En algún momento alguien sugirió irnos a dar una vuelta con el coche a fumarnos unos porros, que una vez ella dio el visto bueno, nos faltó tiempo para refrendar la propuesta. Nos metimos en el dianséis del niñato y yo ya me procuré sentarme a su lado en los asientos de atrás, ella en medio y el Pruden al otro lado, delante El Niñato y Pedro. Nos fuimos a un lugar oscuro, no me acuerdo exactamente pero no es importante, y mientras Pedro se iba liando los artefactos, yo tiernamente le puse mi mano en su pierna (una pena que no me acuerde del nombre, también era bonito), empezaba por la rodilla y conforme adquiría confianza ascendía hacia zonas mas calientes, hasta que su mano me volvía a la situación de partida. En una de estas incursiones, noto como la mano del Niñato se posa en la mía y la empieza a acariciar con dulzura. Yo no estaba en la tesitura de romper la magia de mis atrevimientos (todavía era un ingenuo virgo), rectificando el error del Niñato, por lo que callado como un “puta” disfruté ingenuamente de mis caricias mientras me partía el culo por dentro contemplando la suavidad del acariciar del más “duro” de la pandilla. Cuando la magia y los porros se terminaron y regresamos a La Pepa, lo saqué de su nube, y aunque algo le jodió, seguro que cuando se acuerde de esto desde dónde esté ahora, lo recordará con el mismo cariño que lo hago yo ahora. ¡Besos pa ti Niñato! ¡Te echo de menos!. Para los que no sean cercanos os diré que El Niñato se fue hace cuatro años haciendo crecer la estadística de accidentes laborales mortales.

Bueno ahora sí que lo dejo por hoy. Cuidaros mucho.

video clip de Bruce


www.Tu.tv

musiquita de los 60, recordada en el 90


www.Tu.tv

concierto de Gato Pérez unos meses antes del infarto


www.Tu.tv

documental de Tomelloso en 1948 1ª parte


www.Tu.tv

documental de Tomelloso 1948 2ª parte


www.Tu.tv

Ya semos europeos


www.Tu.tv